martes, 16 de abril de 2013

¿MI BANDERA?


A mis dos banderas, siempre por separado.

Al volver de distante ribera,

con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
¿Dónde está mi bandera cubana,

la bandera más bella que existe?
¡Desde el buque la vi esta mañana,
y no he visto una cosa más triste... !
Con la fe de las almas austeras,
hoy sostengo con honda energía,
que no deben flotar dos banderas
donde basta con una: ¡la mía!






En los campos que hoy son un osario
vio a los bravos batiéndose juntos,
y ella ha sido el honroso sudario
de los pobres guerreros difuntos.
Panteón Nacional. Sólo están ahí las banderas de las naciones liberadas por Simón Bolívar. Por orden de Hugo Chavez (1954-2013) se incluyó la bandera cubana. 
Orgullosa lució en la pelea,
sin pueril y romántico alarde;
¡al cubano que en ella no crea
se le debe azotar por cobarde!

En el fondo de obscuras prisiones
no escuchó ni la queja más leve,
y sus huellas en otras regiones
son letreros de luz en la nieve...

¿No la veís? Mi bandera es aquella

que no ha sido jamás mercenaria,





y en la cual resplandece una estrella,
con más luz cuando más solitaria.
Del destierro en el alma la traje
entre tantos recuerdos dispersos,

y he sabido rendirle homenaje
al hacerla flotar en mis versos.
Aunque lánguida y triste tremola,
mi ambición es que el Sol, con su lumbre,
la ilumine a ella sola, ¡a ella sola!
en el llano, en el mar y en la cumbre.
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día...
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!...

Poema "Mi Bandera"
Bonifacio Byrne - poeta cubano (1861-1936)

Todas las imágenes fueron tomadas de la red.

viernes, 12 de abril de 2013

19 APUNTES SOBRE LA BANALIDAD



“Pájaro que vas volando
posado en tu rama verde…”
Francisco Antonio Delpino y Lamas
Poeta venezolano del siglo XIX

-En Venezuela se vende desde 2006 un ron marca Castro. Su página oficial lo describe como “de resistencia cultural” que revive “el espíritu rebelde y libertario, de comprensión y de solidaridad que significó, en su momento histórico, la creación del Cuba Libre”. El refrescante trago nació en tiempos de la ocupación norteamericana de Cuba, contra lo que luchó quien da nombre a la botella. Tiene un excelente bouquet, como todo ron producido acá, sin embargo no ha logrado abrirse espacio en las cocteleras del Poder, que sigue prefiriendo un buen whisky. No por gusto este es el país que más lo consume.  

-Nosotros no somos como ustedes los cubanos, me aclaran por encima del hombro. Y tienen razón: no lo somos. En Cuba no podemos elegir presidente desde hace 62 años. En Venezuela ha habido 18 procesos electorales en 14. Y una parte del país prefiere irse a la playa que presentarse a votar.

-“El partido socialista (PSUV) no va a tomar las banderas del marxismo leninismo, porque eso es un dogma que ya pasó”. “Marxista no soy porque no me formé en el marxismo. Soy socialista, bolivariano, cristiano… y también marxista”. Entre ambas frases median dos años. Dijo la primera en Venezuela. Y la segunda en La Habana, donde fue ovacionado.

-Se puede ser marxista y creyente religioso. Todo el que diga eso, jamás se ha leído a Karl Marx (1818-1883) un filósofo alemán de origen hebreo que opinaba que Simón Bolívar (1783-1830) Padre de la Patria, era el "canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque". Faustin Soulouque (1782-1873) era un esclavo de origen mandingo que llegó a ser Emperador de Haití con el nombre de Faustino I, donde instaló una corte-parodia de las europeas.

-Un grupo armado local toma su nombre del Movimiento de Liberación Nacional de Uruguay en las décadas 60 y 70. Nuestro más importante terrorista fue inscrito como Ilich, pese a no ser ése un nombre sino un patronímico. Ganó su apodo porque entre sus pertenencias encontraron un bestseller de Frederick Forsyth. En la graduación de unos médicos locales, entonaron el Himno Nacional de Cuba en cadena de radio y televisión. Desconocían la melodía. Somos quizás el único país del mundo con un impersonator del Ché Guevara, que es civil, usa uniforme militar, admite portar armas y se hace llamar comandante.

-Me prohibieron que hablara de política delante de ella. Era hermana de alguien pesado, llevaba el departamento de relaciones públicas de un ministerio y tan imbuida estaba de nacionalismo que había ordenado que el regalo institucional de esas Navidades fuera una cesta con dulcitos abrillantados, panelas de San Joaquín, suspiritos, miche y vino de Mérida. Hoy vive en Marruecos, donde se compró una casa con vista al Peñón de Gibraltar. Desde allá, despotrica sobre una revolución que traicionó sus principios.

-Mezclote: Yo soy del este no volverán esto se arregla bombardeando los cerros no quedará piedra sobre piedra niches no me den pónganme donde haiga candidato de la derecha fascista golpista es tu madre actores políticos esta revolución es pacífica pero está armada abstenerse chavistas con AD se vive mejor viviremos y venceremos majunches maldito seas estado de Israel los americanos no van a permitir que aquí haya comunismo respeten el dolor de la patria el tiempo de dios es perfecto…

-Tan querida es, que hasta una banda marcial la perpetró en el interminable funeral presidencial. Sin embargo, la canción fue compuesta por encargo al otro lado del Atlántico, por dos exitosos músicos que no nos conocían. El abuso de la información enciclopédica tiene sus trampas: en Venezuela no hay volcanes.

-“Este país ya no vale la pena” es su argumento, y el pasaporte de la Comunidad Europea que le permitió su abuelo llegado de la Coruña, su talismán. La posibilidad de tener cuatro estaciones y vestirse acorde a cada una le emociona. Su abuelo gallego murió siendo venezolano y aquí está enterrado.  

-El Maestro pretendió trastocar su exitosa biografía en una versión de penurias y censura por su condición de izquierdista. Pocos días después, un importante diario publicaba en primera página la foto del sonriente Maestro tras ser condecorado por el único expresidente venezolano que queda vivo, el más corrupto de la era democrática, dicen, pero que, paradójicamente, se despidió de Miraflores con tal popularidad, que por primera y única vez su partido tuvo dos presidentes consecutivos.

-Pese a haber mantenido al país bajo una férrea dictadura de 27 años que retrasó su entrada al siglo XX, sus retratos se siguen vendiendo en las carreteras de Los Andes y su efigie está en los altares populares junto a Bolívar, María Lionza y el Doctor José Gregorio Hernández, santo que no termina de ascender a los altares del mundo porque, cuentan, el expediente presentado fue instruido a la machimberra por nuestras autoridades eclesiásticas.

-Aunque ese honor sólo corresponde a las de los países liberados por Simón Bolívar, el Presidente ordenó colocar en la nave central de Panteón Nacional la bandera cubana. Nadie le informó que “la bandera más bella que existe” fue diseñada por el caraqueño Narciso López (1798-1851), enemigo personal de Bolívar, y quien combatió del lado español y contra los independentistas en eventos fundacionales como Carabobo, Las Queseras del Medio y la batalla del Lago de Maracaibo.  Dio la vida por Cuba, donde es un héroe. Pero acá es un traidor.

-Un dato se dejó colar entre los horrores del crimen: la víctima era dama de compañía. Tal vez por eso merecía que la mataran a balazos por negarse a bailar tambor a orillas del mar.


-Venezuela es el mejor país del mundo, me dijo la simpática momia que presidía -embutida en zorros plateados- la mesa de aquel lujoso restaurante con vista a la Puerta de Alcalá, en Madrid. Luego supe que era un poderoso personaje de la llamada Cuarta República ahora exiliado en La Moraleja para escapar a varios juicios, mientras su familia sigue prosperando al amparo de la nueva casta. El resto de sus compañeros de mesa que la contemplaban arrobados eran funcionarios de la Embajada bolivariana, familiares de los poderosos actuales, e incluso dos representantes del entorno Real español, generosamente convidados a Veuve Cliquot por los agradables sudacas.

-Compran en los mercados populares y llegan a la Isla con las maletas llenas y una sonrisa revolucionaria en los labios. Los cubanos pagan sus buenos CUC (convertibles a dólares, acá regulados) por productos superiores a los pocos y de pésima calidad que pueden adquirir en las tiendas del gobierno. Más de uno se ha comprado techo con el producto de sus ventas en la agotada isla.

-Es uno de los embajadores culturales más importantes de El Proceso en el mundo. Pero no vota por él. Ni siquiera está inscrito en el Registro Electoral.

-La Revolución de Octubre no es la de 1917 sino el golpe de estado de 1945, liderado por el partido Acción Democrática y el militar Marcos Evangelista Pérez Jiménez contra el presidente Isaías Medina Angarita. Tres años después, el militar apartaría a los civiles y se instalaría por una década en el poder hasta ser derrocado por otra junta cívico-militar donde también estaba Acción Democrática. 34 años después, otros militares intentaron asesinar a un Presidente acciondemocratista.  Su cabecilla, luego electo en las urnas, siempre fue admirador de Marcos Evangelista Pérez Jiménez.

-Toda la inteligentzia nacional, hasta sumar 911 (número de emergencia en muchos países) firmó una vigorosa carta de salutación a la visita del comandante Fidel Castro a Venezuela, con motivo de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. “En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”, escribieron. Muchos de ellos, hoy mis amigos y duros opositores, eran entonces asiduos visitantes a La Habana, conocían en primera persona lo que allá se vivía. Pero les era más atractivo entregar oro y mirra al patriarca.  

-Sus padres los han ido sacando de Venezuela, en una interminable sangría de catorce años. Muchos se fueron de pequeños, no recuerdan las esquinas del país que tuvieron que abandonar. Del lado de acá, oficialistas y opositores les acusan de traidores y les niegan el derecho a opinar por vivir en el extranjero. En silencio, sin pedir perdón, y también sin pedir permiso, coordinan los autobuses que viajan a New Orleans, el Consulado venezolano más cercano tras el cierre del de Florida por parte del gobierno bolivariano. Son blancos, morenos, altos, bajitos: hermosos. Ayudan a los ancianos,  están pendientes de que nadie beba de más antes de votar, que haya civilidad y respeto en la comunidad. Los cubanos exiliados colaboran con lo que pueden. Y las criollas casadas con americanos los ponen a caletear botellas de agua y alimentos para el viaje, Lisístratas eternas, venezolanísimas

Una Nación es la suma de sus errores, porque de ellas nacen sus virtudes. Sólo seremos El Mejor País del Mundo el día que decidamos construirlo con lo que tenemos, que quizás para algunos  sea demasiado, o muy poco para otros. Pero único para nosotros.  


sábado, 6 de octubre de 2012

EL TURNO DEL OFENDIDO

 Ahora es la hora de mi turno
el turno del ofendido por años silencioso
a pesar de los gritos
ROQUE DALTON (1935-1975)

Quiero que no me abandones, amor mío
Al alba.
LUIS EDUARDO AUTE
 
Cuando llegué a Venezuela pasé mis primeros meses, quizás mis primeros años, sin poder decir en voz alta el nombre de aquel por quien me había ido de Cuba. Mis amigos se reían y hacían chistes sobre la cobardía de mi gentilicio. Aseguraban que jamás algo así sucedería en esta tierra de gente arrecha a la que no le gusta que le hablen golpeao. 
Creo que tras 14 años con Hugo Chávez podemos por fin hablar de igual a igual.  Ya conocen la omnipresencia del miedo en cada instancia de la vida que me hacía mirar a todas partes antes de abrir la boca. Les corre por la sangre la certeza de estar cometiendo un delito que en algún momento tipificarán y los condenará. Saben, como yo sé, lo que es bajar la cabeza, aceptar las condiciones de El Poder, firmar papeles que odiamos y corear consignas que nos asquean; despachar a los castigados con un “algo habrá hecho”, esa indigna frase que se ha dicho en todos los idiomas y todos los tiempos, siempre con el mismo significado de alivio porque esta vez el verdugo tocó a otros y no a uno.
No me canso de decir que la relación con El Poder es una delicada danza donde cada paso es vital. Su ritmo se establece desde que le regalas un caramelo a una recepcionista para que te adelante un trámite. Cuando cruzas la calle a la carrera para que los carros no te atropellen. Si legitimas los términos del agresor repitiendo como chiste que eres gusano, escoria, majunche, escuálido. Cuando no entiendes que el presidente de tu nación es un servidor público, alguien empleado por ti para que ejerza por un lapso establecido en las leyes, y no el capataz de tu vida.
Me gusta decirle “alcalde” a quien es alcalde. No Juanito ni Pepe. Pero jamás será “mi alcalde”. Muchísimo menos, desde mi estatura y mi dignidad de civil, aceptaré llamarle “mi comandante” a alguien que no me comanda porque no soy soldado.
La sumisión a El Poder llega sin anunciarse. Un poco hoy, y luego más, hasta que se nos olvida que alguna vez tuvimos albedrío. Las pocas libertades que conozco, me las regaló Venezuela, aquel pueblo arrecho que no aceptaba que le hablaran golpeao, y que a la vuelta de 14 años permite hasta que le icen la bandera de otro país en sus astas.
Mañana voy a votar. Será la tercera vez en mi vida. Y la primera que lo hago con alegría y no sólo por obligación. Voto con la miedosa valentía que me enseñaron en mi tierra, temblando de ternura y de pavor. Es muy doloroso dejarlo todo atrás para seguir callado por el mundo. Encabrona vivir chantajeado más allá de tus fronteras y de tu vida sólo por llegar a Rancho Boyeros y que no te detengan. Voto por la gente que quiero, que son más de lo que yo mismo imaginaba. Voto, incluso por los que, inexplicablemente, aún creen que este gobierno tiene alguna reserva moral. Voto porque he tenido tiempo de desglosarlos: sé quiénes de ellos serán las futuras víctimas de un sistema que sobrevive gracias a la constante búsqueda de enemigos que le permiten dar otra vuelta de tuerca. Sé quienes, para salvarse, mirarán hacia otro lado. Y, sobre todo, estoy seguro de quiénes van a ser los futuros victimarios. Tuve demasiados en mi vida para no reconocer una mirada de odio agazapada.
Una mujer muy destemplada me gritó en Cuba que yo “tenía” que ser chavista porque era él quien los mantenía. El embajador venezolano en La Habana, confesó que votar por Chávez es votar por Fidel. Ambos tienen razón.
Pero el caso es que mañana soy yo el que vota en Venezuela, porque vivo en Venezuela. Y soy venezolano. Como Rosa Parks, quizás no sea revolucionario, pero estoy muy cansado. Y sobre todo, en algún momento entre 1992 y hoy, llegué a la conclusión de que estoy hasta los cojones de que me hablen golpeao. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

RETRATO CON TIO SIMÓN

 

La primera vez que supe de Simón Díaz me estaban obligando a quererlo.

Eran los años ochenta, y había aterrizado en La Habana, por razones que no me interesa averiguar, la periodista venezolana Isa Dobles a hacer lo que hoy tanto nos molesta de Sean Penn. Y diría que más, porque Penn no tiene programas en la televisión para explicarles a los venezolanos cuán tontos son si no besan la tierra por donde camina su líder, ni “entrevista” próceres, desde Simón Bolívar a José Martí, que confirmen a través de actores caracterizados, que el presente que vivimos es el corolario natural de sus prédicas.

Entre necrofilias y reportajes a algún portento de la Revolución que yo -ya un profesional de la televisión, pero con huecos en las suelas de mis dos únicos pares de zapatos- no había aprendido a amar como debía, Isa Dobles colocaba videos musicales venezolanos. Ahí conocí y agradecí los primeros clips de Ricardo Montaner, Franco de Vita, y aquel Manantial de Corazón de Yordano que dirigió Henrique Lazo, donde las pobres víctimas del capitalismo atroz podían hasta bailar bajo la lluvia sin emparamarse los pies como yo, usufructuario del paraíso socialista.  Y ahí también vi y escuché por primera vez a Simón Díaz.

El encuentro tenía todo en contra. Para empezar: el vehículo. La señora Dobles -hoy ferviente opositora, respetada por sus colegas y de cuya integridad no dudo- era muy poco querida en Cuba. Por decir lo menos. A nadie le gusta que venga otro a aleccionarte sin ponerse en tu lugar. Para seguir: los suyos no eran videoclips sino meros registros de imagen y audio del artista, con cero inversión de producción, versus las coreografías y el charm abrumadoramente urbano del material de Sonográfica y Rodven.

Y para terminar: porque la música campesina siempre me fue muy cuesta arriba. Soy de esos pocos que no tienen absolutamente ningún ancestro bucólico, ni un abuelo con el taburete recostado a la pared mirando el atardecer ni una nana que me durmiera cantando los prolegómenos del ganado bovino. Mi único contacto con el campo era a través de un infame programa de televisión que el canal 6 trasmitía los domingos a las 7 de la noche, y que se llamaba Palmas y Cañas, donde glorias de la música campesina cubana intentaban hacer lo suyo bajo una avalancha de propaganda política, en un estudio deplorable y vistiendo aún las guayaberas que compraron antes de 1959.  Odiaba el punto guajiro cuando escuché la música llanera, y el desprecio se trasladó naturalmente del uno a la otra.

Pero como al que no quiere caldo le dan tres tazas, terminé en esta ribera del Arauca.

Debo decir que me hice venezolano con Simón Díaz. Con él entendí cómo se codifica aquí la palabra cariño. Mis amores en esta tierra han sido garzas moras dando combate. Mis amigos tienen la picardía del mirón que prolonga un segundo más la radiante visión de Mercedes bañándose a las orillas del río. La familia que elegí son arroyitos todos que no han cesado de traerme flores por el amanecer.  Aquí se olvida quitándole dulzor a los cerezos, se quedan contigo aunque se vayan muy lejos y debajo de cada pesar corren las penas del alma. Simón es una plaza donde terminamos por encontrarnos todos, los catires y los morenos, los orientales y los andinos, los de arriba, los del medio y los de abajo. En estos tiempos de odio nadie como él acaricia el lomo hirsuto del país, convocándonos desde el lado bueno de esta irrenunciable sabana salpicada de concreto.

Y es mera anécdota que varias de las voces más importantes del mundo lo tengan en su repertorio, que haya recibido un Grammy, que el diletante Almodóvar o la sabia Pina Bausch musicalicen sus historias con él, ni que el actual gobierno, que por años lo ignoró por no ser uno de los suyos, haya suspendido un instante su soberbia para otorgarle el Premio Nacional de Música. Simón es importante así no lo haya conocido nadie nunca, simplemente porque se parece al país que describe mucho más de lo que los propios venezolanos son –somos- capaces de admitir.

Por eso me enamoró, por eso hoy soy otro de sus sobrinos. 

Con Simón Díaz, en el patio de su casa. 2002

lunes, 16 de julio de 2012

EL RECUERDO DE CELIA, REVISITADO



Pocos días después de su muerte, el 16 de julio de 2003, compartí plana en el diario EL NACIONAL con el cubano Leonardo Padura y el venezolano Ibsen Martínez. Fueron tres semblanzas, desde diferentes sitios y momentos, de la misma mujer: Celia Cruz. Este fue mi testimonio. 

LA VIDA ES UN CARNAVAL

Yo no conocí a Celia Cruz hasta que tuve 34 años. Sabía, eso sí, que existía. En mi casa había un disco de 78 rpm, de los que tenían una canción por cada lado, y en una de ellas Celia cantaba algo que a mis oídos infantiles sonaba como Yembe laroko. Y esa crueldad que sólo los niños disfrutan sin culpa lo transformó en Ñengue está loco. Ñengue era, como lo proclamaba mi versión y perversión, el loco de la cuadra, un pobre diablo que erraba por La Habana de mi infancia, perdido entre babas y torturado por los mataperros hasta que lo encerraron en Mazorra y le secaron los sesos a golpes de corriente alterna.

Pero no sólo Ñengue se enfurecía al escuchar el estribillo latiguillo. También otros, tal vez sin babas, pero igual de perdidos, habían convertido a Celia, una mujer cuyo único delito era cantar como un ángel contralto, en motivo de calenturas.

Celia se les había escapado entre las patas y ahora –o entonces- erraba por el mundo buscando casa y alivio. Disfrutaban, quizás, en su demencia política y apocalíptica, el perverso placer de saberla extrañando, de creerla perdida. Pero lo que nunca imaginaron sus verdugos, los que la escamotearon del paisaje sonoro de dos generaciones de cubanos en la isla es que, buscando el país que le negaban, Celia Cruz se hizo Cuba. Y nos enseñó a hacernos cubas, porque el país, la patria o comoquiera que se le llame según el grado de cursilería patriótica que uno lleve en sangre, va con uno no importa dónde.

Si alguna vez pensaron que Cuba sería una sola; la de ellos donde sólo ellos tendrían cabida, se equivocaron tanto que hasta da pena ajena: lo único que lograron fue crear tantas cubas como cubanos somos. Y entre las tantas cubas donde cada cual da cobijo a sus afectos, a sus muertos y a sus porvenires, la Cuba de Celia Cruz fue la más hermosa. Una Cuba que cantaba en sus pelucas insólitas, que reía tanto que uno podía tocarla y regresar montado en ella al patio de la casa, que es particular, que llueve y se moja como sólo el patio de uno, con la madre de uno en todas partes,  sabe hacerlo.

Tengo tanto que agradecerle a Celia que mejor ni le agradezco, porque eso significa que se acabó lo que se daba, que olvídate del tango y que agárrate de la brocha, que me llevo la escalera. Pensar que ya no va a estar en algún lado, siendo Cuba, es quedarme solo en este viaje. Y ese es un lujo que no puedo darme.

Casualidades de la muerte: también se nos va Compay Segundo, un negrazo magnífico que languideció por décadas hasta que un gringo con resabios hawaianos lo reveló al mundo. En La Habana estarán llorando al Compay; en Miami a Celia. Millones de cubanos en la isla han tenido hoy un día normal, sin sobresaltos. A qué enfermo mundo nos han traído.

Por mi parte, acabo de inscribir tres nuevos ciudadanos en mi cuba personal, y eso me alegra. Celia canta y el Compay le hace esa segunda impredecible que sólo a él fue revelada. Ñengue baila con el cerebro seco de tanto electroshock que le dieron en Mazorra. Los loqueros lo persiguen y se les desvanece. Ñengue por fin es libre de babear en esta fiesta que poco a poco va remando mi cuba personal hacia un caribe enorme donde algún día cabrán todas nuestras islas.

Y en la proa baracoa, va Celia vestida de Cuba. Vestida de Celia, bailante, rampante, campante.

Esa es su moraleja: no hay que llorar. Que la vida es un carnaval.

Y las penas se van cantando.