sábado, 2 de noviembre de 2013

DARSE CUENTA


Adolfo Suárez sentado a la derecha del primer escaño
 
Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde.
Miguel Hernández
(1910-1942)
En las primera horas de la tarde regresé a casa con mi más reciente compra nerviosa: Anatomía de un instante, la novela de Javier Cercas sobre el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 (23F) contra la naciente y aún balbuceante democracia española. La lenta cola caraqueña, con el atenuante de no ser quien manejaba, me permitió devorar su prólogo antes de bajarme del viejo taxi. Marqué una página, sin saber que, horas más tarde, necesitaría releerla. Las negritas son mías.

"Pero no fue la aparatosa discrepancia entre mi recuerdo personal del 23 de febrero y el recuerdo al parecer colectivo lo que más me llamó la atención (...), sino algo mucho menos chocante, o más elemental (...). Fue una imagen obligada en todos los reportajes televisivos sobre el golpe: (...) Adolfo Suárez petrificado en su escaño mientras, segundos después de la entrada del teniente coronel (Antonio) Tejero en el hemiciclo del Congreso, las balas de los guardias civiles zumbaban a su alrededor y todos los demás diputados presentes allí -todos menos dos: el general (Manuel) Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo- se tumban en el suelo para protegerse del tiroteo. Por supuesto, yo había visto decenas de veces esa imagen, pero por algún motivo aquel día la vi como si la viese por vez primera: los gritos, los disparos, el silencio aterrorizado del hemiciclo y aquel hombre recostado contra el repaldo de cuero azul de su escaño de presidente de gobierno, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos. De repente, me pareció una imagen hipnótica y radiante, minuciosamente compleja, cebada de sentido; (...) Dice (Jorge Luis) Borges que "cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es". Viendo aquel 23 de febrero a Adolfo Suárez sentado en un escaño mientras zumbaban a su alrededor las balas en el hemiciclo desierto, me pregunté si en ese momento Suárez había sabido para siempre quién era y qué significado encerraba aquella imagen".

Nunca me han gustado los héroes, porque el heroísmo tiene mucho de demencia. Tampoco las unanimidades me atraen: siempre me he preguntado qué tanto de cierto tuvo la decisión del pueblo todo de Bayamo, en Cuba, de incendiar su pequeña, próspera y amada ciudad para que no fuera retomada por las fuerzas españolas. Pero sucede que la vida está hecha de diminutas batallas cotidianas entre uno y el mundo. Que van, desde esperar el tiempo que sea necesario y no pagarle al policía o la oficinista la coima que te sugieren para dejarte ir o solucionar tu asunto, hasta el actor que finge olvidar las disparatadas órdenes del director a la hora de hacer una escena. Son microvictorias que no constan en ningún currículum ni se cuentan a los nietos: son apenas tachuelitas de colores que marcan en la conciencia de cada cual el momento en que se decidió no ser lo que no se quiere ser. 

Pequeños actos del día a día como vaciar tus bolsillos y  carteras de papelitos que no tiraste en la calle, o apartarte un poco para dejarle el paso a quien lo necesita más, o llevar a reciclaje tus botellas en un país donde nadie lo hace; pero también bajar los brazos y cerrarle la sonrisa a los responsables de la infelicidad de los tuyos, por más poderosos que sean. Y hacerlo sin alharaca, sin pretenderse mártir: con la sensatez de quien sabe que todo se trata de llegar al final de nuestras vidas con la menor cantidad de reproches posible. 

Rosa Parks (1913-2005)

Cuando la activista negra Rosa Parks fue detenida por negarse a ceder su asiento en el autobús a un blanco, dicen que dijo "Yo no soy revolucionaria: es que estaba muy cansada". Una excusa simple y a la vez enorme: definitiva y definitoria. Quizás ahí, y no antes o después, la costurera de Tuskegee entendió de qué se trataba ser ella, como tal vez Adolfo Suárez, abogado y político formado en el franquismo retardatario que en ese momento le apuntaba sus pistolas, sintió en el cuello el soplo de la Reina Mab y comprendió que en la rectitud de su columna vertebral se apoyaba todo el siglo por venir. Gutiérrez Mellado, vicepresidente y ministro de defensa de la Transición, hizo lo que se esperaba de un militar digno en un momento de indignidad: tratar de controlar a su tropa. Del otro lado del hemiciclo, el comunista Santiago Carrillo, curtido en rebeldías, tuvo el instinto de esconderse, pero luego regresó a su curul. Ambos fueron coherentes con su biografía. Pero Suárez no, y por eso ganó, en el instante preciso, por convicción o casualidad, la dimensión histórica de los imprescindibles. 

Hay tiempos en que uno debe verse más allá del individuo que es, verse desde afuera como quien mira al otro. Y entender que, por más anónimo que seas, representas a muchos, y tienes por un segundo en tus manos el privilegio de hacer algo por quienes no están ahí. Sherazade ingenió mil y una noches de historias, no para esquivar la muerte que ella misma buscó, sino para garantizarles la vida a todas las mujeres que no tenían su talento narrativo. Cuando August Landmesser, un simple trabajador de los astilleros de Hamburgo, se cruzó de brazos para no hacerle el saludo nazi a Adolf Hitler, sin pretenderlo se convirtió en un héroe icónico. 

Cuánta más presión tiene sobre sus hombros aquel a través de cuyos ojos mira una sociedad. 

Dulce María Loynaz del Castillo (1902-1997)
Más de dos décadas atrás, un diplomático español que dejó una estela de aprecios en los años que estuvo en La Habana, me contó en Bruselas una historia que posiblemente no esté en ningún libro y es probable que no haya sucedido como hoy la narro -la memoria tiene criterios editoriales- pero que incluye a dos protagonistas de postín: el comandante Fidel Castro y la poeta Dulce María Loynaz

Contó el cónsul español -o digo yo que contó- que en una fiesta de la Embajada, en el palacete que fuera de la familia Velasco-Sarrá, coincidieron el militar y la anciana escritora. Al saber que ella estaba allí, quiso verla y saludarla. Se abrió un pasillo de respeto entre el poderoso y la frágil anciana que estaba, por supuesto, sentada como la recuerdo.  Al verlo venir, se puso de pie. Y prefiero pensar que lo hizo, no con la dificultad de sus años, sino con el  peso de ser la hija del general del Ejército Mambí Enrique Loynaz del Castillo, autor también del Himno Invasor -"los machetes furiosos alcemos, /¡Muera el vil que a la Patria ultrajó!"-; de llevar entreverada, con la de sus venas, la sangre del Mayor General Ignacio Agramonte, la poeta Gertrudis Gómez de Avellaneda y el Santo católico Martín de la Ascensión; de quien fuera declarada Hija Adoptiva de las Islas Canarias, y en cuya casa del Vedado escribió Federico García Lorca su Yerma, y a cuyas manos confió el original terrible donde la estéril asesina a su esposo Juan mordiendo su yugular. Estoy casi seguro que, en los segundos en que la ayudaban a levantarse, la escritora despreciada por el poder, la que por voluntad propia se encerró en su casa a la llegada de los barbudos pero que también se negó a abandonar Cuba porque "este país lo inventó mi familia", pensó en sus infortunados hermanos Enrique y Carlos Manuel. Y en Flor, su enloquecida hermana Flor, la que de niña se le plantó a su propio padre con un "¡General, yo soy su hija, no su esclava!" y dinamitó los sótanos de su casona de La Coronela para hacerla saltar en pedazos si ese hombre que ahora se acercaba a Dulce María, osaba entrar a desalojarla. Se apoyó en su bastón como Presidente de la Academia Cubana de la Lengua Española, como la hembra que le dedicó un largo poema de amor a la momia de Tutankamón y a los últimos días de su casa. Se puso o la pusieron de pie, y cuando tuvo al Poderoso ante sus ojos, hizo una reverencia silenciosa, inclinó la cabeza según el protocolo de las Cortes contra las que su familia luchó. 

Y se fue. 

Hay momentos, como dijo Borges, en que el hombre sabe para siempre quién es. 

Astilleros de Blohm und Voss, Hamburgo, Alemania, 1936. En el mejor momento del nacional socialismo, cientos de obreros saludan la llegada de Adolf Hitler, menos uno. 55 años más tarde, una mujer reconoció en esa cara a su padre, August Landmesser (1910-1944), quien sería apresado dos años después acusado de  Rassenchande (deshonra de la raza) por casarse con una judía, y que fue luego enviado al frente, del que nunca regresó.









 

 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA PAZ DEL FUTURO






Tenía 11 años el 11 de septiembre de 1973. Y aún en la inconsciencia de la edad, recuerdo que estaba jugando en casa de mis amigos Aldito y Arnold Rodríguez cuando entró por la radio la noticia del golpe de Estado contra Salvador Allende. Fue la primera vez que escuché ese término que luego me tocaría vivir en carne propia.

Más allá de entender, en la distancia de los años y la experiencia, que Chile fue el primer experimento de lo que luego en Venezuela se haría realidad: llegar al poder por la vía democrática para luego implosionarla, el salvajismo fríamente calculado de los militares aún me revuelve el estómago. Este video no sólo representa para mí la brutalidad de los uniformados chilenos sino la brutalidad de los militares todos. Y de cuanto ser humano tenga poder de fuego sobre sus semejantes, llámese policía, narcotraficante, soldado, guerrillero, sicario, brigadista de acción rápida o terrorista. 

Alguien dijo que "la guerra es la paz del futuro": el detalle terrible es que eso aplica a todos los que la hacen, tanto a la expulsión de los moros y el Holocausto como a la revolución sandinista y Al Qaeda; así a la invasión de Checoslovaquia y la muerte de Oswaldo Payá como a la Guerra Civil Española y La Noche de Los Lápices. Todos los odiantes en conflicto, actúan desde la convicción de lo correcto, y anclan en el porvenir la sangre de sus manos. En La Habana conversé con etarras que narraban, entre cervezas y los primeros atisbos de jineteras, ese instante hilarante en que explota la cabeza de un ertzaina.  Cierto o no, todos en Miramar nos enteramos de que cada vez que Tony de la Guardia se emborrachaba, contaba cómo mató "al maricón de Allende porque se iba a rendir".

Sí, en esos términos, compañeros de historia, tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad.

Conocí a un guerrillero salvadoreño con cara de chino lavandero y a su compatriota, una señora mofletuda que parecía maestra de primaria, y los vi sentarse a la misma mesa del Vedado antes de que él ordenara el asesinato de ella y luego se suicidara. Sé que ambos también creían que la guerra era la paz del futuro. También quienes mataron a Roque, un poeta demasiado grande para su territorio. Y quienes usaron la muerte de Veguillas, el escenógrafo, para culpar al gremio artístico (y a los homosexuales por retruque) por introducir el SIDA en Cuba, cuando hacía rato que los valientes combatientes en Angola estaban muriendo de una extraña enfermedad aún sin nombre, pero endémica entre las piernas de las hembras donde se desahogaban.

No sé si creen en la paz, pero sí en el ejercicio impune de la guerra, quienes golpearon hace pocos días, salvajemente y en el rostro, a la actriz cubana Ana Luisa Rubio, por el único delito de pensar distinto y no callarlo. La perversión de quien se esmera en desfigurar la cara de una persona que trabaja con su cara, remueve mi humanidad tanto como las manos cortadas de Víctor Jara en los días posteriores a septiembre 11. Y me niego, desde mi asco inabarcable, a que existan gradaciones a la hora de considerar la violencia, dependiendo de la ideología sobre la que el considerante esté parado. No existen genocidas buenos y genocidas malos, dictadores reprochables por ser de derechas o venerables por disfrazarse de izquierdas. No hay golpes de estado positivos y negativos.

La guerra es la paz del futuro para todos, o no lo es para nadie.

Tuve, tengo, tendré amigos chilenos. Y me gustan porque son gente amable y enorme, un poco el Canadá o la Bélgica de los argentinos: gentilicio de chanza que en mucho supera a sus detractores. ¿Quién de mi generación no cantó, codo a codo con las letras imperdonables de Raúl Gómez, aquel "Si vas para Chile" en la voz inexperta del muchacho guitarrista y médico que salía en "Buenas Tardes"? ¿Quién no tuvo un chileno entre sus amigos, sus compañeros de clase, en la misma cuadra, jugando esa cosa incomprensible que llamaban fútbol? Ellos -y la oleada de refugiados sudamericanos que llegaron a Cuba en los 70's- nos ayudaron mucho más de lo que imaginan. Nos permitieron ser menos el pobre país que ya estábamos siendo en la oscurana de los años posteriores al Congreso de Educación y Cultura. Nos trajeron luces, acentos, tolerancia, empanadas, discos de la Rinaldi y María Elena Walsh, mate con y sin azúcar, duchitas eléctricas, ponchos, alfajores y Mafalda. Los Benvenutto uruguayos eran los únicos que recibían en su apartamento del Retiro Médico a Pedro Luis Ferrer, el magnífico trovador defenestrado al que aún nadie perdona su insolencia. Eran rebeldes, altivos, inteligentes: gloriosos a mis ojos. Uno de mis primeros amores fue un argentino y mi primer closet fue una chilena. Tuve por años en mi pared un poster con la cara de Gardel y la inscripción VERCEREMOS, así, con R, como lo pronunciaba el francés de Tacuarembó. Encima se gastaban el lujo del sarcasmo, que en mi país languidecía en unos programas de tv y radio donde nadie se podía burlar de nada y el proverbial choteo cubano que tan bien estudió Mañach, había pasado de blanco a transparente.  

A Laura Allende, una señora de cuello largo de bailarina, la conocí regando las matas de su frente, ironía de todo aquello que Jara repudió usando a Pete Seger: la casita de barrio alto, sin rejas, pero con antejardín y una hermosa entrada de autos con un Lada. Luego me enteraría consternado de su muerte, antes o después de la de Tati, su sobrina, en un tiempo en que La Habana se llenó de suicidas.

Hasta el acento sureño nos fue útil a muchos -Esther María Hernández me lo recordaba hace poco- para mimetizarnos y acceder a fiestas del Festival de Cine mucho antes de merecerlo, apoyados también en nuestra presunta "blancura" en un país abiertamente racista como el mío.

Y agradeceré siempre que, cuando se les abrieron las puertas del cómodo exilio europeo, todos los que conocí y quise decidieron permanecer en La Habana a compartir nuestras carencias, tan vírgenes aún, que cabían en el cuento del Bloqueo y no se nos ocurría achacarlas a la inoperancia del sistema.  Esos son mis sureños preferidos, porque tuvieron la grandeza de una responsabilidad que sólo alienta en las óperas italianas, y que entendí cuando la poeta Dulce María Loynaz, desde la delicada decadencia de su castellano, me explicó que no había abandonado Cuba al llegar los Castro "porque este país lo inventó mi familia". 

Y aunque nadie hablará hoy o nunca de esto, creo que lo más importante que nos legaron los exiliados de las dictaduras militares sureñas fue la posibilidad del ejercicio de la lástima como mecanismo para no ver las penas propias. Sus dramas ciertos fueron nuestra telenovela: el territorio de llanto al fondo del cual dormita la certeza de que nunca nos sucederá eso, no en esos términos. A pocas cuadras de mi casa, una turba diaria de trovadores y afines, cercaba el apartamento de su colega Mike Porcel. No le permitían trabajar, pero tampoco salir del país; le impedían ver a su hijo mientras borraban de la memoria colectiva sus canciones de éxito. Sin embargo -y me incluyo- preferíamos pasar horas escuchando a nuestros amigos sureños hablar de la violencia policial en sus tierras para acallar la violencia parapolicial en la nuestra. 

Cuánto lloramos con ellos para no llorar por nosotros, por los amigos que se perdieron en el mar, la familia que se esparcía por el mundo y a la que sólo volveríamos a ver y tocar cuando recibimos esa orden del Comandante. Cuán menos infelices fuimos comparando con las suyas nuestras infelicidades. No así, así no moriríamos; nos iríamos quizás de otra manera, por fade out, deslizándonos hasta el agua, como Alfonsina. O cayendo como un foulard terrible, desde el compartimento del tren de aterrizaje de un avión de Iberia hasta el asfalto de Barajas. Pero no así, no como ellos.

Me alegra saberlos de vuelta a sus pagos, y me enorgullece ver cuánto han crecido humanamente, cuando yo voy rumbo a mi tercera geografía en una sola vida. Quizás alguno rumie un viejo resentimiento, y eso no le hace menos que quienes se alzaron por sobre sus dolores para recomponerse el mundo. El uruguayo Alejandro Bazzano aun tiene cara de niño, y su hijo cumple hoy 11 de septiembre veintiún años. Pasaron guerras y revoluciones, perdimos unas cuantas ilusiones, no la del cuento extraordinario de seguir buscándole la quinta pata al gato que nadie interesa.

En Nueva York, los viejos y los nuevos amigos recuerdan hoy cómo y dónde estaban ese otro 11 de septiembre, el de 2001. Y descubren para su sorpresa, que es la sorpresa de todos los emigrados, que les duele esa ciudad tanto o más que las suyas, y eso no los vuelve traidores sino sobrevivientes salvados por el amor. Que no hay manera de no ser de aquí ni ser de allá: que hay que ser y estar donde se es y se está. Sin avergonzarse por ser santiaguero en el DF, villaclareño en Atocha, montevideano en Barcelona, caraqueño en Amsterdam, machiquense en Chueca o marianaense en Windsor.

Que, sí, perdimos mucho, pero ganamos algo: la íntima convicción de que el desarraigo puede ser también la paz del futuro.

martes, 16 de abril de 2013

¿MI BANDERA?


A mis dos banderas, siempre por separado.

Al volver de distante ribera,

con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
¿Dónde está mi bandera cubana,

la bandera más bella que existe?
¡Desde el buque la vi esta mañana,
y no he visto una cosa más triste... !
Con la fe de las almas austeras,
hoy sostengo con honda energía,
que no deben flotar dos banderas
donde basta con una: ¡la mía!






En los campos que hoy son un osario
vio a los bravos batiéndose juntos,
y ella ha sido el honroso sudario
de los pobres guerreros difuntos.
Panteón Nacional. Sólo están ahí las banderas de las naciones liberadas por Simón Bolívar. Por orden de Hugo Chavez (1954-2013) se incluyó la bandera cubana. 
Orgullosa lució en la pelea,
sin pueril y romántico alarde;
¡al cubano que en ella no crea
se le debe azotar por cobarde!

En el fondo de obscuras prisiones
no escuchó ni la queja más leve,
y sus huellas en otras regiones
son letreros de luz en la nieve...

¿No la veís? Mi bandera es aquella

que no ha sido jamás mercenaria,





y en la cual resplandece una estrella,
con más luz cuando más solitaria.
Del destierro en el alma la traje
entre tantos recuerdos dispersos,

y he sabido rendirle homenaje
al hacerla flotar en mis versos.
Aunque lánguida y triste tremola,
mi ambición es que el Sol, con su lumbre,
la ilumine a ella sola, ¡a ella sola!
en el llano, en el mar y en la cumbre.
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día...
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!...

Poema "Mi Bandera"
Bonifacio Byrne - poeta cubano (1861-1936)

Todas las imágenes fueron tomadas de la red.

viernes, 12 de abril de 2013

19 APUNTES SOBRE LA BANALIDAD



“Pájaro que vas volando
posado en tu rama verde…”
Francisco Antonio Delpino y Lamas
Poeta venezolano del siglo XIX

-En Venezuela se vende desde 2006 un ron marca Castro. Su página oficial lo describe como “de resistencia cultural” que revive “el espíritu rebelde y libertario, de comprensión y de solidaridad que significó, en su momento histórico, la creación del Cuba Libre”. El refrescante trago nació en tiempos de la ocupación norteamericana de Cuba, contra lo que luchó quien da nombre a la botella. Tiene un excelente bouquet, como todo ron producido acá, sin embargo no ha logrado abrirse espacio en las cocteleras del Poder, que sigue prefiriendo un buen whisky. No por gusto este es el país que más lo consume.  

-Nosotros no somos como ustedes los cubanos, me aclaran por encima del hombro. Y tienen razón: no lo somos. En Cuba no podemos elegir presidente desde hace 62 años. En Venezuela ha habido 18 procesos electorales en 14. Y una parte del país prefiere irse a la playa que presentarse a votar.

-“El partido socialista (PSUV) no va a tomar las banderas del marxismo leninismo, porque eso es un dogma que ya pasó”. “Marxista no soy porque no me formé en el marxismo. Soy socialista, bolivariano, cristiano… y también marxista”. Entre ambas frases median dos años. Dijo la primera en Venezuela. Y la segunda en La Habana, donde fue ovacionado.

-Se puede ser marxista y creyente religioso. Todo el que diga eso, jamás se ha leído a Karl Marx (1818-1883) un filósofo alemán de origen hebreo que opinaba que Simón Bolívar (1783-1830) Padre de la Patria, era el "canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque". Faustin Soulouque (1782-1873) era un esclavo de origen mandingo que llegó a ser Emperador de Haití con el nombre de Faustino I, donde instaló una corte-parodia de las europeas.

-Un grupo armado local toma su nombre del Movimiento de Liberación Nacional de Uruguay en las décadas 60 y 70. Nuestro más importante terrorista fue inscrito como Ilich, pese a no ser ése un nombre sino un patronímico. Ganó su apodo porque entre sus pertenencias encontraron un bestseller de Frederick Forsyth. En la graduación de unos médicos locales, entonaron el Himno Nacional de Cuba en cadena de radio y televisión. Desconocían la melodía. Somos quizás el único país del mundo con un impersonator del Ché Guevara, que es civil, usa uniforme militar, admite portar armas y se hace llamar comandante.

-Me prohibieron que hablara de política delante de ella. Era hermana de alguien pesado, llevaba el departamento de relaciones públicas de un ministerio y tan imbuida estaba de nacionalismo que había ordenado que el regalo institucional de esas Navidades fuera una cesta con dulcitos abrillantados, panelas de San Joaquín, suspiritos, miche y vino de Mérida. Hoy vive en Marruecos, donde se compró una casa con vista al Peñón de Gibraltar. Desde allá, despotrica sobre una revolución que traicionó sus principios.

-Mezclote: Yo soy del este no volverán esto se arregla bombardeando los cerros no quedará piedra sobre piedra niches no me den pónganme donde haiga candidato de la derecha fascista golpista es tu madre actores políticos esta revolución es pacífica pero está armada abstenerse chavistas con AD se vive mejor viviremos y venceremos majunches maldito seas estado de Israel los americanos no van a permitir que aquí haya comunismo respeten el dolor de la patria el tiempo de dios es perfecto…

-Tan querida es, que hasta una banda marcial la perpetró en el interminable funeral presidencial. Sin embargo, la canción fue compuesta por encargo al otro lado del Atlántico, por dos exitosos músicos que no nos conocían. El abuso de la información enciclopédica tiene sus trampas: en Venezuela no hay volcanes.

-“Este país ya no vale la pena” es su argumento, y el pasaporte de la Comunidad Europea que le permitió su abuelo llegado de la Coruña, su talismán. La posibilidad de tener cuatro estaciones y vestirse acorde a cada una le emociona. Su abuelo gallego murió siendo venezolano y aquí está enterrado.  

-El Maestro pretendió trastocar su exitosa biografía en una versión de penurias y censura por su condición de izquierdista. Pocos días después, un importante diario publicaba en primera página la foto del sonriente Maestro tras ser condecorado por el único expresidente venezolano que queda vivo, el más corrupto de la era democrática, dicen, pero que, paradójicamente, se despidió de Miraflores con tal popularidad, que por primera y única vez su partido tuvo dos presidentes consecutivos.

-Pese a haber mantenido al país bajo una férrea dictadura de 27 años que retrasó su entrada al siglo XX, sus retratos se siguen vendiendo en las carreteras de Los Andes y su efigie está en los altares populares junto a Bolívar, María Lionza y el Doctor José Gregorio Hernández, santo que no termina de ascender a los altares del mundo porque, cuentan, el expediente presentado fue instruido a la machimberra por nuestras autoridades eclesiásticas.

-Aunque ese honor sólo corresponde a las de los países liberados por Simón Bolívar, el Presidente ordenó colocar en la nave central de Panteón Nacional la bandera cubana. Nadie le informó que “la bandera más bella que existe” fue diseñada por el caraqueño Narciso López (1798-1851), enemigo personal de Bolívar, y quien combatió del lado español y contra los independentistas en eventos fundacionales como Carabobo, Las Queseras del Medio y la batalla del Lago de Maracaibo.  Dio la vida por Cuba, donde es un héroe. Pero acá es un traidor.

-Un dato se dejó colar entre los horrores del crimen: la víctima era dama de compañía. Tal vez por eso merecía que la mataran a balazos por negarse a bailar tambor a orillas del mar.


-Venezuela es el mejor país del mundo, me dijo la simpática momia que presidía -embutida en zorros plateados- la mesa de aquel lujoso restaurante con vista a la Puerta de Alcalá, en Madrid. Luego supe que era un poderoso personaje de la llamada Cuarta República ahora exiliado en La Moraleja para escapar a varios juicios, mientras su familia sigue prosperando al amparo de la nueva casta. El resto de sus compañeros de mesa que la contemplaban arrobados eran funcionarios de la Embajada bolivariana, familiares de los poderosos actuales, e incluso dos representantes del entorno Real español, generosamente convidados a Veuve Cliquot por los agradables sudacas.

-Compran en los mercados populares y llegan a la Isla con las maletas llenas y una sonrisa revolucionaria en los labios. Los cubanos pagan sus buenos CUC (convertibles a dólares, acá regulados) por productos superiores a los pocos y de pésima calidad que pueden adquirir en las tiendas del gobierno. Más de uno se ha comprado techo con el producto de sus ventas en la agotada isla.

-Es uno de los embajadores culturales más importantes de El Proceso en el mundo. Pero no vota por él. Ni siquiera está inscrito en el Registro Electoral.

-La Revolución de Octubre no es la de 1917 sino el golpe de estado de 1945, liderado por el partido Acción Democrática y el militar Marcos Evangelista Pérez Jiménez contra el presidente Isaías Medina Angarita. Tres años después, el militar apartaría a los civiles y se instalaría por una década en el poder hasta ser derrocado por otra junta cívico-militar donde también estaba Acción Democrática. 34 años después, otros militares intentaron asesinar a un Presidente acciondemocratista.  Su cabecilla, luego electo en las urnas, siempre fue admirador de Marcos Evangelista Pérez Jiménez.

-Toda la inteligentzia nacional, hasta sumar 911 (número de emergencia en muchos países) firmó una vigorosa carta de salutación a la visita del comandante Fidel Castro a Venezuela, con motivo de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. “En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”, escribieron. Muchos de ellos, hoy mis amigos y duros opositores, eran entonces asiduos visitantes a La Habana, conocían en primera persona lo que allá se vivía. Pero les era más atractivo entregar oro y mirra al patriarca.  

-Sus padres los han ido sacando de Venezuela, en una interminable sangría de catorce años. Muchos se fueron de pequeños, no recuerdan las esquinas del país que tuvieron que abandonar. Del lado de acá, oficialistas y opositores les acusan de traidores y les niegan el derecho a opinar por vivir en el extranjero. En silencio, sin pedir perdón, y también sin pedir permiso, coordinan los autobuses que viajan a New Orleans, el Consulado venezolano más cercano tras el cierre del de Florida por parte del gobierno bolivariano. Son blancos, morenos, altos, bajitos: hermosos. Ayudan a los ancianos,  están pendientes de que nadie beba de más antes de votar, que haya civilidad y respeto en la comunidad. Los cubanos exiliados colaboran con lo que pueden. Y las criollas casadas con americanos los ponen a caletear botellas de agua y alimentos para el viaje, Lisístratas eternas, venezolanísimas

Una Nación es la suma de sus errores, porque de ellas nacen sus virtudes. Sólo seremos El Mejor País del Mundo el día que decidamos construirlo con lo que tenemos, que quizás para algunos  sea demasiado, o muy poco para otros. Pero único para nosotros.  


sábado, 6 de octubre de 2012

EL TURNO DEL OFENDIDO

 Ahora es la hora de mi turno
el turno del ofendido por años silencioso
a pesar de los gritos
ROQUE DALTON (1935-1975)

Quiero que no me abandones, amor mío
Al alba.
LUIS EDUARDO AUTE
 
Cuando llegué a Venezuela pasé mis primeros meses, quizás mis primeros años, sin poder decir en voz alta el nombre de aquel por quien me había ido de Cuba. Mis amigos se reían y hacían chistes sobre la cobardía de mi gentilicio. Aseguraban que jamás algo así sucedería en esta tierra de gente arrecha a la que no le gusta que le hablen golpeao. 
Creo que tras 14 años con Hugo Chávez podemos por fin hablar de igual a igual.  Ya conocen la omnipresencia del miedo en cada instancia de la vida que me hacía mirar a todas partes antes de abrir la boca. Les corre por la sangre la certeza de estar cometiendo un delito que en algún momento tipificarán y los condenará. Saben, como yo sé, lo que es bajar la cabeza, aceptar las condiciones de El Poder, firmar papeles que odiamos y corear consignas que nos asquean; despachar a los castigados con un “algo habrá hecho”, esa indigna frase que se ha dicho en todos los idiomas y todos los tiempos, siempre con el mismo significado de alivio porque esta vez el verdugo tocó a otros y no a uno.
No me canso de decir que la relación con El Poder es una delicada danza donde cada paso es vital. Su ritmo se establece desde que le regalas un caramelo a una recepcionista para que te adelante un trámite. Cuando cruzas la calle a la carrera para que los carros no te atropellen. Si legitimas los términos del agresor repitiendo como chiste que eres gusano, escoria, majunche, escuálido. Cuando no entiendes que el presidente de tu nación es un servidor público, alguien empleado por ti para que ejerza por un lapso establecido en las leyes, y no el capataz de tu vida.
Me gusta decirle “alcalde” a quien es alcalde. No Juanito ni Pepe. Pero jamás será “mi alcalde”. Muchísimo menos, desde mi estatura y mi dignidad de civil, aceptaré llamarle “mi comandante” a alguien que no me comanda porque no soy soldado.
La sumisión a El Poder llega sin anunciarse. Un poco hoy, y luego más, hasta que se nos olvida que alguna vez tuvimos albedrío. Las pocas libertades que conozco, me las regaló Venezuela, aquel pueblo arrecho que no aceptaba que le hablaran golpeao, y que a la vuelta de 14 años permite hasta que le icen la bandera de otro país en sus astas.
Mañana voy a votar. Será la tercera vez en mi vida. Y la primera que lo hago con alegría y no sólo por obligación. Voto con la miedosa valentía que me enseñaron en mi tierra, temblando de ternura y de pavor. Es muy doloroso dejarlo todo atrás para seguir callado por el mundo. Encabrona vivir chantajeado más allá de tus fronteras y de tu vida sólo por llegar a Rancho Boyeros y que no te detengan. Voto por la gente que quiero, que son más de lo que yo mismo imaginaba. Voto, incluso por los que, inexplicablemente, aún creen que este gobierno tiene alguna reserva moral. Voto porque he tenido tiempo de desglosarlos: sé quiénes de ellos serán las futuras víctimas de un sistema que sobrevive gracias a la constante búsqueda de enemigos que le permiten dar otra vuelta de tuerca. Sé quienes, para salvarse, mirarán hacia otro lado. Y, sobre todo, estoy seguro de quiénes van a ser los futuros victimarios. Tuve demasiados en mi vida para no reconocer una mirada de odio agazapada.
Una mujer muy destemplada me gritó en Cuba que yo “tenía” que ser chavista porque era él quien los mantenía. El embajador venezolano en La Habana, confesó que votar por Chávez es votar por Fidel. Ambos tienen razón.
Pero el caso es que mañana soy yo el que vota en Venezuela, porque vivo en Venezuela. Y soy venezolano. Como Rosa Parks, quizás no sea revolucionario, pero estoy muy cansado. Y sobre todo, en algún momento entre 1992 y hoy, llegué a la conclusión de que estoy hasta los cojones de que me hablen golpeao.