Este texto lo escribí, con notable esfuerzo de mis
mermadas neuronas, para un presunto libro
que se iba a editar sobre La Habana,
ciudad donde tuve la ocurrencia de nacer.
Los detalles están en mi post del
16/11/2010
Como no es peor que otras cosas que haya escrito y
ustedes hayan padecido con su habitual bondad,
lo reproduzco en dos partes,
porque es largo.
El (por llamarle de alguna
manera) autor.
Se llamaba Patricia, y no era una mujer: era
un mambo. Lo hizo famoso -no faltaba más, si de un mambo se trataba- Dámaso
Pérez Prado en 1958. Una veintena de semanas en las listas de Billboard,
codeándose con Volare, de Domenico Modugno, All I Have To Do
Is Dream, de The Everly
Brothers y la insumergible Tequila, de The Champs no es poca
cosa.
Pero Patricia estaba llamada a más: en 1960
volvió a la carga hecha carne y celuloide –que no celulitis- en una escena del
film italiano La Dolce Vita, de Federico Fellini. Para varias generaciones
de cinéfilos –y una o más de masturbadores- Patricia está
indefectiblemente asociada al mórbido cuerpo de Anita Ekberg, sumergida
hasta donde hacía falta en la Fontana di Trevi, pese a que el mambo de marras
sólo se deja escuchar durante un poco feliz strip tease de la actriz
rumana Nadia Gray -neé Nadia Kujnir-Herescu- quien,
al hacerlo, confirmó lo que siempre se supo: que el erotismo no está en ver,
sino en quedarse con las ganas de ver.
Suecia derrotó a Rumania con 180º de tetas asomando
por el escote de Anita.
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Anita Ekberg |
Para mí, nacido el mismo año en que se hizo la
película, Patricia no tiene nada de cine y sí mucho de ciudad. Así
sonaba La Habana –o la parte de ella que conocí- en mi infancia, en la cúspide
de lo que hoy llaman lounge y que por entonces se conocía como música
de lobby y, en general, de todos aquellos lugares donde existiera la
facilidad técnica del hilo musical. En la década inicial y más entusiasta de esa
Revolución que aún se podía escribir con mayúscula; con Sartres, De
Beauvoirs y Cortázares aterrizando en Rancho Boyeros para sumarse al
jolgorio, y miles de cubanos despegando desde la misma pista hacia el Nuncajamás
del exilio, La Habana era una promesa de modernidad a la que le habían
extirpado un tumor maligno de apellido Batista y de la que sólo se esperaban
mejorías.
Lo apocalíptico aún no se había instalado en la
música popular, ni en la cotidianidad del cubano. Y el repertorio patriotero,
himnos y marchas aparte, casi se limitaba a dos compositores: Eduardo Saborit
y Carlos Puebla. Pero Cuba, qué linda es Cuba, de Saborit, tan
cantada por entonces, apelaba a los lugares comunes del nacionalismo: su cielo
inigualable, la luna iluminando el cañaveral y la bandera. De no tener
el verso un Fidel que vibra en la montaña, podía ser consideraba una
cursilería apolítica. Y qué decir de su estribillo: Cuba, qué linda es Cuba
/ quien la defiende la quiere más, es una invitación al relajo danzario y
nunca una convocatoria a la inmolación numantina.
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Partitura de "Hasta siempre, Comandante", también de Carlos Puebla. |
Algo así pasaba con las guarachas de Puebla: es
difícil ponerse intenso con se acabó la diversión / llegó el Comandante y
mandó a parar, aunque aquí la diversión ya sonaba a contrición: el
Comandante había llegado a expulsar a los mercaderes del templo del bayuseo, y
más nos valía andar al hilo.
En los actos del colegio de mi niñez se cantaba una
cuarteta tan vieja como el siglo
Martí no debió de morir
¡Ay, de morir!
Si fuera el maestro del día
Otro gallo cantaría
La patria se salvaría
Y Cuba sería feliz.
¡Ay, muy feliz!
Y la Organización de Pioneros de Cuba tomaba
prestado el himno de los Boy Scouts
Pionero soy de corazón
Y acamparé con ilusión
Al monte iré
Lo escalaré
Nudos haré
Con precisión.
Y así fuimos cantando hasta que alguien sinceró la
situación: los Pioneros no fueron creados para acampar ni hacer nudos, y el
gallo de Martí había cantado con la llegada de Fidel y La Patria era, en
consecuencia, felicísima.
Se acabó
la diversión, había profetizado Carlos Puebla. Y nadie le hizo
caso.
Mientras llegaba un sonido parecido a lo que se
suponía que íbamos a ser (sería conocido como Nueva Trova), que sustituyera las notables bajas que la música
cubana estaba teniendo –desde Celia Cruz y la Sonora Matancera hasta el ineclipsable
Ernesto Lecuona- la ciudad se bañaba en instrumentales ubicuos e
inocuos, nacionales e importados. A fin de cuentas, qué se podía hacer, si La
Habana que se edificó antes del 59 –que tan buena salió que no han podido con
ella- tenía la escandalosa luminosidad de una portada de LP y su sonido era Hi-Fi.
Skyline del Vedado visto en dirección este-oeste por el Malecón. Hacia la izquierda, cuadrado y con la torre en el centro la silueta del Edificio Focsa (Foto del autor) |
Por supuesto que había cantantes. Muchos y muy buenos.
Pero no eran omnipresentes como esos instrumentales. Salvo Beny Moré,
que no murió en 1963 sino a finales de la década, cuando el gobierno confiscó
las victrolas que esparcían su voz
desde todas las bodegas de esquina de todas las ciudades, pueblos y caseríos del
país. Beny –con una N, no dos- dejó de ser patrimonio del aire para someterse a
la discrecionalidad radial, y los cubanos se quedaron sin recibir su bendición
tantas veces como les diera la gana, a cambio de una moneda en la barriga del
tocadiscos.
Hubo empeño por hacernos olvidar cómo sonábamos
antes de 1959: era parte del plan para exterminar la diversión dispersa del
cubano. No por gusto el primer acto censor conocido del nuevo gobierno fue
contra PM, un corto que presentaba,
sin editorializar, la noche habanera con sus percusionistas salvajes, sus virtuosos
anónimos, y el goce erótico de sus bailadores.
A la revolución, clasista y racista desde sus orígenes,
no le interesaba promover esa música de
negros como valor patrio.
Los artistas populares que se mantuvieron en el
país, grandes y venerados en el pasado –Abelardo Barroso, Paulina Álvarez,
Raúl Planas, Barbarito Diez, o Celina
González, por mencionar algunos- quedaron de relleno en programas
televisivos como Álbum de Cuba y Palmas y Cañas, tristes muestrarios de lo que habían sido.
Los rebeldes pagaron con ostracismo y olvido el pecado de no bajar la cabeza. Y unos pocos “afortunados” dieron
con los huesos de su talento en hoteles de técnicos extranjeros, como
oficialmente llamaban a los asesores importados de la Europa Socialista a
quienes el cubano de a pie, adicto a generalizar, llamaba bolos. (1)
Fue en el lobby de uno de esos hoteles, el Deauville,
donde el investigador venezolano César Miguel Rondón buscó a Rubén
González, otrora pianista del gran Arsenio
Rodríguez. Y lo encontró, amenizando la nada desde un vergonzoso piano
vertical. Al calor de la conversa y la admiración, los dedos de González
comenzaron a acariciar un danzón amable llamado Fefita.
Ay, Fefita, por Dios,
no me trates así…
No le dieron tiempo de terminarlo: un compañero se
acercó a llamarles la atención, y Rubén tuvo que regresar del desvarío cubano a
los territorios inodoros de la música de lobby.
Todas las baterías estaban enfiladas a imponer una
nueva ética musical, tan tonta como pop, que le hablara sin segundas lecturas al
imbécil que todos llevamos dentro. La invasión y la evasión tuvieron dos
frentes. En la radio: con Nocturno, consagrado a tatuar en la memoria
colectiva la música más comercial en habla hispana. Nada de inglés, que ese es
el idioma del Enemigo. Su tema eterno era un instrumental pop: La
muchacha de la valija -o La Ragazza con la Valigia o La muchacha
con la maleta o Just That Same Old Line- del saxofonista lombardo Fausto
Papetti.
El segundo frente, en televisión, era un programa
dominical llamado Buenas Tardes, donde las estrellas de una nueva ola
que no llegó ni a espumita de orilla, versionaban cuanta pazguatada lanzaban
Eurovisión, San Remo, las estaciones de Cayo Hueso y la España franquista. Pero
no toda: la canción Poco antes de que den las diez, de Joan Manuel
Serrat, salió del aire cuando los censores detectaron que describía –ergo:
incitaba a- relaciones prematrimoniales. O sea: esperaban que fuéramos
imbéciles y además asexuados.
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Mirtha y Raúl 5 mentarios |
El clímax de semejante comemierdancia lo alcanzaría el compositor Raúl Gómez, engendrito de Buenas Tardes, cuando presenta en un festival de Europa del Este su balada El recuerdo de aquel
largo viaje, que describe
cómo el viento arrastra algún sombrero en un país donde nadie los usa, a
menos que sean de guano; espera que quizás mañana brille más el sol
en un trópico donde, si el sol llega a brillar más, evapora la isla; y promete
seguir sentado en el andén, tan Penélope él, y tan absurdo en una Habana
sin cultura de trenes ni metro.
Fue el sacrificio último de la identidad cubana en
el altar de la música ligera, escrita para disfrute de nuestros hermanos del campo socialista, que sí
tenían andenes, urgencia de sol y sombreros de fieltro que dejar caer.
Tanto esfuerzo para que, que en cuanto la libertad
les dio el chance, los bolos mandaran
al carajo esa relación familiar impuesta desde Moscú, que nunca desearon.
Gómez, terminó yéndose a Miami, donde supongo tendrá su público, que en este
mundo hay gente para todo.
(1)
Aunque los cubanos se precien de haber inventado la palabra bolo, -significando algo romo, tosco,
sin forma, falto de gracia- para designar a los soviéticos, y por extensión, a
todos los llegados de Europa del Este, todo parece indicar que la palabra existía
desde mucho antes. Es una abreviación de bolshevik.
El recuerdo de Aquel Largo Viaje ganó el Grand Prix del Festival Yamaha del Japón
ResponderEliminarLamentablemente no sabes mucho de música
ResponderEliminarDe música no entiendes nada. Es una gran canción de Raúl Gómez.
ResponderEliminarRaúl Gómez es uno de los más grandes compositores que ha dado Cuba. Mirtha y Raú fueron y aún son (sus canciones se venden en discos variaoos de Canadá e Inglaterra) un gran áxito.
ResponderEliminarsoy tu sobrino y estoy en venezuela, en carabobo y quiero verte
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