domingo, 30 de junio de 2019

BILLY PORTER SINGS

"Home" es el cierre del musical "The Wiz", versión soul de "The Wizard of Oz" ambientada en una New York de fantasía, pero igualmente quebrada y caótica. Fue la primera vez que un elenco de actores negros ganó el aplauso del público "mainstream" (entiéndase: blancos) norteamericano.

Y estamos hablando de 1975, para quienes adoran decir que "los negros sí se quejan”.

Su inspiración, más que el libro de Lyman Frank Baum, fue la película de 1939 "The Wizard of Oz", que fracasó en su estreno pero se volvió un clásico cuando la televisión comenzó a trasmitirla. Los homosexuales de entonces hicieron click inmediato con la balada de la joven Judy Garland, "Over the Rainbow".

Un día le pediré un deseo a una estrella
y despertaré más allá de las nubes
donde los problemas se derriten
como gotas de limón
sobre la chimenea.

Ahí me encontrarás.

En algún lugar sobre el arcoíris
cantan los pájaros.
Ellos cantan sobre el arcoíris
¿Y por qué yo no puedo?

Ellos, como Dorothy, sabían que acá abajo no había mundo para ellos y sólo les quedaba imaginar otro.

Intentaron llegar a él de varias maneras. Apostaron por persuadir al resto de la sociedad y evitaron confrontarla. Se vistieron y actuaron como heterosexuales. Se apartaron de "las locas", esas impresentables. Apelaron a los lobbies políticos, a la lástima. Trataron de colarse por las hendijas de los derechos civiles de judíos, negros y latinos, que también los despreciaban. La sociedad seguía persiguiéndolos hasta los subterráneos mugrosos donde se refugiaban, y cuyos dueños -la mayoría heterosexuales afiliados a la Mafia- se enriquecían cobrando precios desorbitantes por una cerveza de mierda como impuesto al poder tomarle la mano a otra persona de su mismo sexo. Cuando le daba la gana, la policía allanaba esos sitios, y la prensa gustosa la acompañaba. Cazar maricones y tortilleras era el antídoto contra un cierre de edición aburrido. Exponer caras en el noticiero, nombres en la página de sucesos y empujar extraños al escarnio y el suicidio eran el safari africano que sus pobres sueldos no les podían financiar.

Hubo varios episodios de rebelión contra ese “destino manifiesto”, pero no pasaron de ser un hartazgo momentáneo. Hasta el 28 de junio de 1969, cuando en el hueco más oscuro del ya insondable submundo homosexual neoyorquino, The Stonewall Inn, frecuentado por lo más despreciado de ese conglomerado social -transexuales, homeless, drag queens, afeminados, HIV+ y prostitutas-  se les llenó la cachimba de tierra y salieron a comerse la ciudad a ladrillazos.

El romanticismo camp que suele acompañar la narrativa gay le atribuye el madrinazgo de Stonewall a la inefable Judy Garland, Dorothy envejecida y alcoholizada, cuya muerte una semana antes sin duda había impactado al conglomerado homosexual. Pero prefiero remontarme a Lenin y aquello de que el movimiento obrero sería la verdadera clase revolucionaria, porque no tenía nada que perder. La lucha por los derechos civiles de la comunidad homosexual no la darían los abogados en tribunales ni la encabezarían los que habían logrado cierto respeto social, sino quienes, contra la pared, no tenían otra casilla a donde moverse que no fuera hacia adelante.

La clase obrera de Vladimir, pero en tacones y sin camisa.

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El 28 de junio pasado, en las principales ciudades de los países que valen la pena, se celebró medio siglo de aquella ira que no se detendrá porque no hay momento más glorioso para un animal enjaulado que descubrir que puede y es su deber correr a campo traviesa.

Y como cada año, más de un ocurrente preguntó “¿Y para cuándo la Marcha por el Orgullo Heterosexual?”

Sé que tampoco esta vez servirá la explicación, pero no está de más intentarla.

Habrá Marcha por tu Orgullo cuando como heterosexual te hartes de que desde pequeño tu familia y tu entorno te desprecien por el sólo hecho de serlo. Cuando tu madre te diga que te prefiere muerto o preso o asesino, que debió haberte abortado. Cuando tu padre te muela a palos por ser así y te eche a la calle, lejos de su amparo. Cuando te arrastren del brazo al psiquiatra a que te interrogue sobre gustos sexuales cuando aún no tienes idea de qué es sexo y sólo querías jugar béisbol siendo hembra o a las muñecas aunque eres varón. Cuando te pongan en las manos del cura o en el internado de monjas o en la Academia Militar o en la escuela deportiva para que “te curen”, y esos curas y monjas y oficiales y entrenadores abusen sexualmente de ti por años bajo coerción. Cuando tengas que dar rodeos de cuadras para llegar a donde vayas para evitar encontrarte con quienes sabes que te golpearán si te ven. Cuando seas el hazmerreír de tu clase y de tu trabajo por machorra o afeminado. Cuando te hagan sentir abominado por tu dios y te convenzan de que tu único destino será morir de SIDA. Cuando te envíen a terapia de conversión (actualmente en 41 estados de los Estados Unidos es legal esa práctica), y que parte de esa terapia sea aplicarte descargas eléctrica en los genitales mientras te muestran pornografía. Cuando sólo existas como chiste denigrante en la televisión. Cuando otros desahoguen en ti el odio que se tienen por ser como tú  y cuando te hagar odiarte y sentir asco de ti mismo. 

Cuando tu preferencia sexual esté en tus registros de la Stasi, el FBI y la Seguridad del Estado, cuando te declaren “parte blanda de la sociedad” y tus grados académicos y humanos no impida que te expulsen de tu facultad o tu trabajo. Cuando te prohíban acercarte a los jóvenes de tu familia o impartir clases a tus alumnos porque los vas a pervertir y a contagiar. Cuando se te niegue la protección legal del matrimonio, el derecho al trabajo, el seguro médico de tu pareja, y se te impida procrear hijos o adoptar los que los demás heterosexuales paren irresponsablemente y abandonan. Cuando el estado totalitario azuce contra ti a las hordas del fanatismo religioso. Cuando sólo el 5% de los crímenes de odio contra tu gente llegue a tribunales. Cuando la policía pueda matarte impunemente. Cuando un alto porciento de esos crímenes incluya la violación como preámbulo. Cuando las cifras oficiales de tu país digan que tienes un promedio de vida de 35 años, que antes de alcanzar esa edad estarás muerto. Cuando las redes promuevan videos de otros heterosexuales apaleados, linchados y lapidados, mientras la turba celebra. Cuando el comentario más humano a esos horrores sea “algo habrá hecho”. Cuando tus compañeros te acosen en las redes y prefieras ahorcarte aunque no hayas cumplido 12 años. Cuando tu opción sexual le parezca a alguien suficiente motivo para coger una semiautomática, entrar a una discoteca, asesinar a 49 y herir a otros 53 extraños que sólo estaban celebrando haberle ganado un fin de semana más al desánimo. Cuando tus agresores te reduzcan a golpes, y ya en el suelo, salten sobre tu pecho hasta destrozarte la caja torácica y que las astillas perforen tus órganos vitales. Cuando, antes de ultimarte, apaguen cigarrillos sobre tu piel. Cuando tu manera de vestir te gane 120 puñaladas de unos extraños que tuviste la mala suerte de cruzarte en una calle. Cuando unos neonazis te corten los dedos de las manos  y los pies y los genitales, antes de degollarte, descuartizarte y dejar esos trozos chamuscándose en la parrilla de un parque. Cuando te lleven a las afueras de tu ciudad, te roben, te aten a una cerca, te golpeen con la culata de un revólver 21 veces hasta aplastarte el tallo cerebral, y luego te dejen a la intemperie para que mueras desangrado o de hipotermia. Cuando te castren químicamente y borren tu nombre de la historia, aunque creaste una tecnología que llevó a tu país a ganar la guerra. Y que te perdonen de dientes afuera 59 años después de haberte empujado al suicidio. O peor aún, que ni siquiera amerites eso. 

Cuando hasta el Presidente de “el país más libre del mundo” prohíba a sus embajadas ondear la bandera que te identifica durante el mes de junio, y que la ostenten en La Habana, Moscú, Beijing y Arabia Saudita, como el faro de libertad que se supone que somos. Cuando tus dolientes tengan que guardar en casa tus cenizas, por temor a que tu tumba sea saqueada y la humillación te alcance en la muerte. Cuando haya una isla llena de tumbas de fallecidos por enfermedades relacionadas con el SIDA porque nadie reclamó esos cadáveres. Cuando simplemente te desaparezcan y nadie más vuelva a saber de ti.

Cuando la heterosexualidad sea delito en 71 países y en 26 de ellos el sexo consensuado entre adultos merezca penas entre 10 años y cadena perpetua en 8 se castigue con la pena de muerte. Y cuando te armes de valor y te eches finalmente a la calle a defender tus derechos, te lluevan balas, ignominia, cárcel, mesas redondas, tortura y destierro, y lo sigas haciendo con la esperanza de que cincuenta años más tarde, tus hijos puedan medio vivir más allá del arcoíris.

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Billy Porter ya es un nombre familiar en los medios. Saltó del teatro aficionado a los escenarios de Broadway, y de ellos la televisión, donde actualmente deslumbra como Prey Tell en el show de FX Pose con su frase “The category is…” y en cuanto premio y alfombra roja lo invitan. 

El viernes pasado, cantó “Home” en la gala que celebra los 50 años de aquellas transexuales desnutridas que se cansaron de ser el último escalón de la especie humana, y que entendieron que los diálogos sólo son posibles cuando arrinconas y obligas a tu verdugo a mirarte a los ojos. 

Aunque Stonewall Inn sea desde 2016 Monumento Nacional y parada obligatoria de turistas, las Marchas del Orgullo tengan entre sus patrocinadores las principales marcas comerciales y no haya político en campaña que no corra a tomarse fotos abrazando alguien LGBTQ porque no nos aceptan, pero aprendieron que somos rentables y, albur aparte, tenemos buena espalda, Porter canta con la legitimidad que dan las heridas. Como negro y homosexual, ha tenido lo peor de ambos mundos. Llegar hasta allí, hasta aquí, ha sido y es un interminable acto de terquedad que debemos renovar cada mañana. Nada por lo que pedir perdón, y menos aún permiso. Desde su personal trinchera, cada miembro de esta heterogénea comunidad hizo un alto el viernes pasado para darse una palmadita en el hombro, antes de seguir adelante con la cabeza erguida, ya no por los que sobrevivimos sino por los que vendrán, por los que en este momento están creciendo a tu alrededor y que no merecen que les hagas la vida peor de lo que la política y la religión ya tienen planificado hacerles.

Nadie te pide que nos aceptes bajo tu techo, nadie te exige solidaridad ni que te involucres, sólo que te eches a un lado y jodas lo menos posible mientras cada cual construye su personal arcoiris, su casa, en sus términos y con sus colores.

Cuando pienso en mi casa
Pienso en un lugar
Inundado de amor.

Quisiera estar en casa
Quisiera estar de vuelta
Con las cosas que ahora conozco.

El viento que inclina los árboles
Y que de repente la lluvia tenga sentido
Que lo lave todo
Y lo haga más claro.

A lo mejor hay una oportunidad de regresar 
ahora que encontré mi norte
Sería tan bueno volver a una casa
donde haya amor y respeto
Y quizás hasta pueda convencer al tiempo
De que transcurra lentamente
Y me permita crecer.
Tiempo, sé mi amigo, déjame recomenzar. 

De pronto mi mundo se desvaneció
Cambió su rostro
Pero todavía sé a dónde me encamino.
Mi mente ha dado vueltas por el espacio
Pero aún puedo verla crecer.

Y si me estás escuchando, Dios, por favor,
no nos hagas más difícil saber
si hay que creer en lo que vemos
Dinos si debemos huir
O intentar quedarnos
O simplemente dejar que las cosas sean como son.

Vivir en este mundo nuevo
Puede parecer una fantasía
Pero me enseñó a amar
Así que es real, muy real para mí.

Y aprendí
Que buscando bien adentro
Hay un mundo lleno de amor.

Como el tuyo.
Como el mío.
Como en casa. 


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