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Elizabeth Taylor by Andy Warhol |
A mí nunca me gustó Elizabeth Taylor como actriz. Pero coincido con el resto de quienes la evocan, ahora que ha muerto: era bella. No está en mi top personal, que se reparte entre la austríaca Hedy Lamarr y la mexicana María Félix, con Greta Garbo pisándoles los talones. Pero era bella. Un poco cachetona y con la boca demasiado pequeña para mi gusto. Pero bella.
La voz no la acompañaba, eso sí. La Garbo tenía el tono grave de un cosaco despechado y aún hoy, uno la escucha y se la imagina diciéndote cochinadas en la pata de la oreja. Pero Liz sonaba como una gata con el rabo pisado: un agudo chillón y nasal, que con los años logró bajar una octava, pero siguió sonando como una gata vieja con el rabo pisado.
Y, definitivamente, nunca me inspiró un mal pensamiento. La veía demasiado pura, demasiado niña de colegio de monjas: de lo más María Corina. La hubiera buscado, eso sí, para que me repasara química la víspera del examen final, porque tenía cara de ser la primera del aula y sus cuadernos seguro eran impecables y olían a vetiver. Pero imaginarla en otra posición que no sea arrodillada junto a la cama y rezando ángel de la guarda, dulce compañía, sería una depravación peor que tener sueños húmedos con Dora La Exploradora.
Pero hay consenso en que era bellísima, y no soy quien para decir lo contrario. Más un bello animal que una buena actriz. Siempre he creído que se ganó dos Oscares por la misma razón que Sandra Bullock y Reese Witherspoon, Grace Kelly y Gwyneth Paltrow: porque era, como ellas, "activos de la compañía". 100% Hollywood. Y La Academia, de vez en cuando, se cansa de andar repartiendo estatuillas a gente fea de nombre impronunciable de la que luego no se tiene noticia. Lo menos que se espera es que el premiado le retribuya a La Academia lo que La Academia está haciendo por él. Y lo menos que Hollywood espera de ti es que te comportes como uno de ellos: como una Estrella.
Liz fue la quintaescencia del estrellato. Sus enfermedades insólitas –Gaby Spanic: aprende-, los maridos que les quitaba a las demás o que conseguía en las reuniones de Alcohólicos Anónimos, y los regalos que le hacían esos maridos, fueron siempre carne de portada. Richard Burton (con quien se casó, se divorció, y volvió a casarse, demostrando que no sólo Julio Iglesias tropieza de nuevo con la misma piedra) le compró en Cartier un diamante por un millón cien mil dólares (porque en Hollywood pagan buenos sueldos y royalties, no como aquí) que luego ella revendió por el triple. Fue patria o muerte con Michael Jackson: lo defendió con uñas y dientes cuando lo acusaron de pederasta. Y él, en agradecimiento, se hizo operar ojos y cejas para que se parecieran a los de ella.
Liz fue más conocida por sus escándalos que por su obra. Una verdadera diva.
Pero deja un considerable legado, también extrafílmico. Fue la primera celebridad que se solidarizó abierta y militantemente con los enfermos de SIDA, cuando a su amigo, el actor Rock Hudson, le diagnosticaron la enfermedad. Mientras la histérica de Kim Novak amenazaba con demandar al acontecido galán en tribunales porque él la había besado en la película El espejo roto estando presuntamente consciente de lo que tenía, Liz no sólo lo defendió, también estuvo con él hasta su muerte, cuando poco se sabía del HIV y se les eludía como apestados. Desde entonces, se convirtió en una incansable activista para la educación, prevención, estudio y respeto a los enfermos de SIDA, por lo cual recibió en 1992 el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia.
Por ahí la tengo en el video del tributo a Freddie Mercury, cuando salió a hablar al escenario del Wembley Stadium y algunos espectadores, en la adrenalina del rock, comenzaron a abuchearla para que no interrumpiera el concierto. La Doña, sin renunciar a su sonrisa perfecta, les dijo, palabras más o menos: “me tienen que escuchar, porque por no escuchar es que muere tanta gente”. Sobra comentar la ovación que le dieron a Dame Elizabeth, a quien la reina Isabel II otorgó ese título porque era inglesa de nacimiento.
Pero volviendo al tema: como actriz, que era la profesión por la que pagaba impuestos, nunca me gustó. Y no puedo decir lo contrario sólo porque todos los muertos son buenos. Ese cruce entre voz de Betty Boop y actriz porno de los años 70, su manera de mesarse los cabellos, de gritar como una posesa y de llorar como si le hubieran pisado una teta entre dos ladrillos refractarios, me es insoportable. Y sí: estoy claro de que así se actuaba entonces, que dos de las actrices más mentadas del Hollywood dorado, Katherine Hepburn y Bette Davis, eran un par de truqueras que siempre hacían lo mismo.
Pero el detalles es que ese "lo mismo", en ellas, era simplemente glorioso.
En Liz no alcanzó esas cotas. Cuanto más, me recuerda una historia de la televisión cubana de mi infancia, que involucra a una respetada soprano -María Remolá- y varias jóvenes estrellas pop. Cuentan que las muchachas rodearon a la consagrada soprano para saber cuál era el registro vocal de cada una. María, amable, sentenció: tú eres mezzo. Y tú: contralto. Y aquella: soprano. Así, hasta que sólo quedó una. “¡¿Y yo, María, yo qué soy?!”
Cuentan que la diva la tomó gentilmente por la barbilla: “tú, mi amor, eres muy bonita.