martes, 19 de mayo de 2026

MI MADRE ERA SOFÍA LOREN



En la película Una giornata particolare (Un día especial, 1977) Sofía Loren interpreta a Antonietta, una madre de familia de clase media baja que se queda en la retaguardia de su mícrico apartamento, mientras marido e hijos van, cargados con los fetiches propios del totalitarismo, a "hacer historia" en el apoteósico recibimiento a Adolf Hitler en Roma, el 6 de mayo de 1938. 

Como buena “ama” de casa, Sofía sabía del mundo más allá de sus fogones por los ecos distorsionados que le llegaban a través de su marido -un burócrata menor-, sus seis hijos -cuatro varones y dos hembras, todos miembros de la Gioventù Italiana del Littorio, sección juvenil del Partido Nacional Fascista- y la portera del edificio, cancerbero fascista con las vidas del vecindario en su puño.

Mientras hacía las labores “propias de su sexo y condición social” -preparar la comida, tender las camas, lavar la ropa: en fin, sostener el mundo-  Antonietta descubre que del otro lado del patio interior había un hombre sentado en silencio. Es Gabrielle, a quien no conoce porque está ahí temporalmente.

A lo largo de 110 minutos, esas dos soledades convergen y Antonietta descubre otros colores en los ojos y las palabras de ese hombre, se encandila, confunde con sexo lo que no es más que desesperación, y el encantamiento se hace añicos cuando Gabriele la aparta de sí y le grita:  “sono un frocio. Frocio!”

Un maricón. 

No hay tiempo para más explicaciones. La familia está de vuelta y Antonietta debe escabullirse de vuelta a casa, solo para ver cómo dos policías se llevan a Gabriele al destierro -o la muerte, lo que ocurra primero. A ella le corresponde abrir las piernas y complacer a su esposo con un séptimo hijo a que llamarán Adolfo, con la esperanza de recibir del estado el necesario subsidio a familia numerosa. 

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Mai fue la única madre que conocí, aunque siempre actuó como si les estuviera cuidando el puesto en la fila a mis padres biológicos -que murieron con pocos años de diferencia, cuando yo era niño- y se presentaba en todas partes como mi tía. 

Era también mi madrina -Mai es diminutivo de "maína"- y sin chistar se echó encima el compromiso de criar al hijo menor de su hermano Lázaro -yo- el hijo menor de mi madre Nerva -Pepe- y la hija del primer matrimonio de su esposo Manolo -mi hermana Bárbara. Mi único hermano por ambas partes, Jorge, cayó bajo la sombra de mi lorquiana abuela Rita. Luego, Mai también cuidaría de mi prima y de sus nietas hasta que ya no pudo más.

Falleció anoche en La Habana, sentada en su habitación, cuando los desvaríos de la demencia senil se habían vuelto incontrolables y las escaras estaban comenzando a aparecer en su cuerpo torturado por la vejez. Ahí la encontró mi hermana esta madrugada, dormida para siempre y sin saber siquiera que se había muerto. 

Como la Antonietta de Sofía, Mai no conoció otra vida que la retaguardia silenciosa, el quehacer que, por constante, se hace invisible. Sin grandes alharacas bregó con muchachos ajenos, y cuando alguno se descarriló, lo visitó puntualmente a “la granja”, como les llamaban a los centros de reeducación de menores. Sin heroísmos ni regaños: solo porque era lo que le tocaba hacer. 

Estaba negada a todo lujo que no implicara sacrificio.  No se maquillaba, no iba a un cine y menos a bailar o a la playa, y era tan parte del mobiliario que hasta a nosotros se nos olvidó que existía. Siempre encontraba una excusa para desinvitarse de todo, pero conocía el barrio y el barrio a ella. Era una de las pocas a la que Ñengue, el loco de la cuadra, respetaba cuando los maltratadores del barrio despertaban su ira. 

En estos días en que muchos exhiben orgullosos los blasones familiares de Revolución/antirrevolución, Mai encarna a todas esas mujeres a las que la Historia les pasa por encima y aún así, insisten en salvar algo del naufragio. Nos sostuvo a nosotros, y ya por eso se dio por pagada. Se “integró” a la revolución -CDR, FMC, esas cosas- solo para no perjudicarnos a los que empezábamos a transitar esa realidad retorcida. Renunció a su Santa Bárbara, su Caridad del Cobre y su San Lázaro, los encondió en el fondo de su escaparate y no volvió a sacarlos ni en rebeldía cuando casi me expulsaron de la Univeridad por ser lo mismo que Gabriel: un frocio

Nunca aplaudió nada ni escupió nada, pero el día en que nos citaron a la Facultad para hacerle un “acto de repudio" -gritarle, arrojarle huevos, tal vez golpearla o aplaudir la agresión- a nuestra respetada profesora de Gramática Inglesa, me acompañó al policlínico para que me dieran una constancia de reposo por no recuerdo cuál dolencia. 

Más que protegerme, me salvó de la ignominia del espejo, sin considerarse nada especial por hacerlo.  

Mucha de esa extraña aridez emocional ha llegado hasta a mí al final de mi vida, y quienes me conocen quizás ahora entiendan muchas cosas. 

Abusada por su familia sanguínea como no recuerdo otra, ajena a las caricias, los elogios, sin éxito profesional que exhibir ni anal de la historia que recoja su paso, encontró a un hombre bueno que no alcanzó a acompañarla hasta la vejez. Cuando él murió, le vi tener su único rapto de ira: querer hacer trizas esos santos clandestinos a los que con tanta fe había rezado para que no llevaran lo único que había sido bueno con ella. Mi hermana Barby, la hija de su esposo, la cuidó y lidió con sus altibajos hasta anoche, con la devoción que quizás un hijo biológico no hubiera tenido. 

En mis llamadas a Cuba, poco a poco empezaron a dejar de ponerla al teléfono, porque me hablaba como si nada y luego se alejaba a llorar. Por mí, por ella, por todos. Sin dar la cara, como acostumbraba. Luego pasó a ser un sobreentendido, leche en polvo y alguna golosina comprada por mí en las páginas de mercado que manejan los mismos que hambrean a los cubanos.

Anoche, Mai se fue mientras dormía, y en la miseria de La Habana ya nadie puede ni tener un funeral decente. La enterrarán directamente. 

Hoy echo atrás los recuerdos y no encuentro un abrazo, un beso, una caricia. Tampoco un grito ni un regaño: no se confunda. En los pequeños infiernos por los que toda familia pasa, Mai siempre se consideró espectadora, nunca protagonista. Nunca alzó la voz y mira que se la alzaron muchas veces. 

Estoy infinitamente orgulloso de ella, aunque nunca se lo dije. Pero ella lo sabe, como siempre Como siempre supe cuánto me quería, aunque tampoco me lo dijera. Mi manera de llorarla es describirla para quienes no la conocieron, y ver las fotos de su boda, con mi padre llevándola del brazo como si el mundo por venir fuera hermoso para ambos, y Barby y yo, recostados a ella como la Madonna que nunca supo que fue. 


 



2 comentarios:

  1. La Cari de todos “Mai”.. a eso que has escrito no hay absolutamente nada que agregar.
    Solo decirles a quienes estuvieron muy cerva de ella que lo siento mucho.

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