Nunca me ha atraído La Patria. Ni como concepto ni como chantaje.
Es una abstracción de medias verdades y clamorosas mentiras sin otra finalidad que disimular -como las salsas en la cocina francesa- el hedor de las alianzas, las traiciones y los crímenes que conforman cualquier relato nacionalista.
La acepto, la entiendo: hasta la perdono porque la sé necesaria como aglutinante, pero no me pidan que me emocione.
Cualquier himno nacional -el más hermoso- si se canta en la ducha, es sólo un hilván de ripios anacrónicos que dan más para la chacota que para el orgullo. Y a menos que las circunstancias le hagan la caridad de una orquesta sinfónica, son perpetrados habitualmente por bandas marciales que equivalen, a la música, lo que la justicia militar a la justicia, como diría el Marx que vale la pena.
La Patria que se me asignó al nacer venía ya tan mutilada, tan reescrita, su presunta épica se parecía tan poco a lo que veía a mi alrededor, que me costaba mucho creer en ella. Nací en un país que, como el experimento de la rana, nos fue cocinando poco a poco sin que lo notáramos. Mi primera escuela se llamaba Néstor Leonelo Carbonell, veterano de la Guerra de Independencia y periodista, el hombre que invitó a Martí a hablar en el Liceo Cubano de Tampa. Desde las paredes de mi aula nos miraban el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, el Titán de Bronce Antonio Maceo y el Apóstol José Martí, Santísima Trinidad de Lo Correcto.
La naciente Organización de Pioneros de Cuba nos ponía alrededor del cuello una pañoleta azul y blanca con un cierre rojo: los colores de la bandera. Y nos hacía cantar una adaptación del himno de los Scouts.
Pionero soy de corazón
Y acamparé con ilusión…
Antes de terminar sexto grado, habían cambiado los nombres de las escuelas a gente de su santoral -César Escalante, Arístides Viera, Rubén Martínez Vilena- las láminas en las paredes eran ahora de Camilo Cienfuegos con su risa congelada, la mirada escrutadora y atemorizante de de Lenin, y la obesidad mórbida de Marx. La pañoleta había cambiado de azul y blanca a roja, el algodón al poliéster y los pioneros prometían cada mañana ser como el Che.
¿Cómo podía amar algo así de inasible? ¿A cuáles emociones debía yo responder, si cambiaban según la bilis de un tipo cuya única ideología era retener el poder absoluto, vendiendo y contrabandeando las alianzas que le hicieran falta, porque el único ideal era Él?
Muchos me hablan de la ciudad como ancla. ¿Cuál ciudad? No viví el fulgor seductor de la noche habanera que tantos extrañan, y ese lapso de aparente prosperidad en que mi generación se presentó creativamente en sociedad lo transité con un hueco en la suela de mi único par de zapatos y una etiqueta de No Confiable Políticamente colgando de mi camisa prestada.
Una ciudad en la que, donde hubiera una embajada o la casa de “un pincho”, guardias armados nos hacían cruzar a la acera de enfrente porque al parecer molestábamos la siesta del Comandante Piñeiro o queríamos matar a Celia Sánchez. Una ciudad que no era mía sino de ellos. Mai me lo resumió con una frase resignada el día que le pregunté por qué mis amiguitos vivían como reyes y tenían acceso a lo que yo no. "Ellos hicieron La Revolución".
La Patria como derecho de pernada.
¿La música? Rubén González, legendario pianista, antes de que lo salvara el gringo Ry Cooder y le permitiera morir dignamente, amenizaba el lobby del Hotel Deauville donde sólo le permitían "repertorio internacional, nada cubano". Si había que elegir entre la Nueva Trova siempre amargada y los plagios descarados de una generación de artistas pop locales y oportunistas, prefería las estaciones radiales de La Florida, con todo y las enormes antenas de interferencia puestas por el gobierno en las costas.
Para eso sí había dinero.
En la televisión nacional, Beatriz Márquez tenía que cantarle a un tal Valódia que murió “em defesa do povo angolano”. Y qué podía importarnos ese guerrillero entrenado en Argelia por orden soviética, si los muchachitos nuestros que mandaron a unas guerras que nunca les explicaron, regresaban a casa por la puerta trasera, metidos en cajones, mutilados de cuerpo y alma, o directamente al sidatorio de Los Cocos. Muertos en muerte o en vida, mientras sus jefes traficaban diamantes y maderas preciosas como los cerdos que siempre han sido.
Lo primero que se necesita para amarrar el corazón a un trozo de tierra habitado, al extremo de estar dispuesto a dar la vida por él, son las ganas de pertenecerle. Que te duela si te quedas o te mueras si te vas. Lo siento, pero, eso, yo no lo tenía. Ser cubano era -es- la escala más baja de contrato social. Los clubes de la playa estaban reservados para los militares y los oficiales del Ministerio del Interior, que además tenían escuelas que llamaban especiales para que sus hijos no pasaran por los humillantes 45 días en el campo conviviendo con salvajes, como el resto de nosotros. Nuestros barrios estaban sectorizados por la compañía de electricidad. Del lado de Faure Chomón nunca se iba la luz. Del lado mío: todos los días.
Cuando nos hartábamos de sacarnos erizos de la planta del pie en los pedregales de las Playitas de 16 ó 34, nos colábamos en las piscinas reservadas a “los técnicos extranjeros”. Para que nos dejaran entrar fingíamos ser nativos de cualquier colonia rusa de la Europa del Este. Para poder ver películas en el Festival de cine sin pagar la entrada con nuestros exiguos sueldos, nos copiamos a la perfección los acentos de Sudamérica.
Aprendimos a sobrevivirle al sistema aparentando venir de cualquier lado, menos de ahí. Lo otro era rendirse a la violencia pandillera de una sociedad conscientemente implosionada, ser más abusador, peor hablado y más marginales que el resto. O pagar las consecuencias de ser distinto, en cualquiera de los sentidos que pueda tener ese adjetivo.
¿Qué dejaría atrás si lograba evadirme de aquel infierno constante? ¿A Silvio Rodríguez, que era más amable con su público de Europa y Latinoamérica que con su propia gente? ¿A Virgilio Piñera y “la terrible circunstancia del agua por todas partes”, comodín de quienes disfrazan de determinismo el pavor que les da enfrentarse al mundo real? ¿A Pablo Milanés proclamando que jamás podría tocar tierra firme para luego mudarse a España sin ninguna inhibición? No nací para inmolarme por los 32 fouettés de Alicia Alonso, un jonrón de Agustín Marquetti o algún presunto nuevo hallazgo del Dr. Álvarez Cambra. Me iría con lo puesto, con los afectos que sobrevivieran a la distancia, el salitre seco de la Playita de 16, y tatuado en mi cerebro el policía que me lanzó contra la barrera oxidada del Puente de Hierro para registrarme porque sí, la noche en que entendí que, si no escapaba, me suicidaría. Y sobre todo, lo único habanero que me llevaré a la tumba: el río Almendares.
Yo no diré que sea el más hermoso...
Hay más aguas de ese albañal en mi ADN que Capítulo VII de Paradiso de Lezama Lima. En ellas me caí gozosamente más de una vez; con ellas echamos peleas de remos entre botes los domingos. Nada de lo que describe Lezama en su manoseado almuerzo me remite a algo entrañable. Los langostinos no me gustan, la sopa de plátano menos, y la remolacha me sabe a tierra.
Y en serio: ¿mayonesa, Lezama?
Todo lo que comí en mi vida cubana fue gastronomía de supervivencia con más o menos destrezas culnarias, idealizadas por el hambre. Cuba es posiblemente el único país con una cocina que se asienta en la nostalgia, incluso de lo que nunca se probó.
Venezuela, en cambio, empezó a bordarme recuerdos desde la primera vez que me invitaron “a hacer las hallacas” en diciembre, rodeado de una familia ruidosa, vasta e igualada que ni me conocía, pero que me recibió con una Polarcita que sudaba hielo y un puesto piadoso en la cadena de producción: coronar el relleno con una aceituna antes del doblado y atado final. Algo donde podía participar sin poner en peligro la cosecha del año.
Los venezolanos me enseñaron a entrar donde me diera la gana, a hacer mía la ciudad y el país entero. A tomar cerveza en miradores que nunca más supe ubicar, a revolver el güisqui con el dedito y esconderlo a la hora de las fotos para no quedar para la posteridad como alcohólico. A dar los buenos días al subir al autobús. A dar la bendición. A bailar la noche entera en el Ice Palace y amanecer en La Guaira sin recordar cómo, esperando a que abriera El Rey del Pescado Frito para desayunar cruzado. A trabajar dentro de la industria más poderosa del país, después de la petrolera. A entender que ese acento que los cubanos, acostumbrados a hablar golpeado, definíamos como "de maricones" era como un hombro donde recostarse en los momentos duros. A responder "tabastuchi" cuando me preguntaban si había hecho algo. A enamorarme, desenamorarme, sacarme clavos y meter otros. A esperar el año en casa de Elsa y Leo y el día de mi cumpleaños comer lentejas para tener buena suerte.
Aún así, Caracas no era el lugar que imaginaba para sustituir La Habana que, mal que bien, era mi única referencia. El estamento polñitico se burlaba del país en su cara. Y así, en el 98 llegó Chávez a terminar de pudrirlo todo. Perdí amigos, me llamaron paranoico, pesimista, y finalmente escuálido, el equivalete chavista del gusano nazi del que con tanto gusto se apropió fidel castro. El infierno del que había escapado volvió a desplegarse ante mis ojos con una furia que desconocía. Cuando cobré conciencia de ser un cubano en Cuba, ya a mi gente la habían amansado. Pero en Venezuela, el militroncho barinés tenía una pelea contra el tiempo. Necesitaba imponerse, zarandearnos hasta la rendición, y reinar sobre nuestros escombros. Y lo estaba haciendo con prisa, sin detenerse en formalidades -"¡exprópiese!"- y con el aplauso de casi toda la gente que yo conocía.
No perdonaba lo que me estaban haciendo por banalidad, por resentimiento. Le habían abierto las piernas de su país a mis verdugos y encima me acusaban de aguafiestas en esa orgía de populismo y masificación del saqueo por ser el único que no creía en el axioma “Venezuela no es Cuba”.
Entendí que ahí tampoco cabía y solo quería irme nuevamente. A donde me empujara la suerte que ya me había soltado en Venezuela donde ahora estaba reviviendo mi pesadilla cubana. Los cubanos no tenemos el privilegio de elegir: terminamos muriendo donde nos agarre la noche, llámese París, Moscú, Hialeah, El Darién o el fondo del mar en el Estrecho de la Florida.
Necesitaba un pasaporte para continuar mi viaje hacia otra posibilidad. Pero el dictadorzuelo había congelado todas las nacionalizaciones mientras le redactaban una nueva Constitución a la medida. Comenzó una campaña febril para lograrlo, con la ayuda de una prensa y una casta intelectual y académica que no tuvo que esperar mucho para que los llevara al patíbulo.
Su referéndum sería el 15 de diciembre de 1999. Ya estaba lloviendo fuerte desde noviembre. Esos primeros quince días del último mes del año, el diluvio fue demencial e ininterrumpido. La tierra se saturó y comenzaron las riadas. Pero al felón sólo le importaba que aprobaran la Constitución que daría sostén legal al desmantelamiento de un país. Activó a su tropa para que llevaran gente a votar a como diera lugar. Ese mismo día la montaña se vino abajo por el lado de la costa, arrasando urbanizaciones enteras, ranchos, condominios, a pobres y a ricos, a chavistas y a escuálidos por igual.
Mientras él celebraba con su gente, las piedras y los muertos estaban redibujando la costa de Vargas.
Entonces me hice venezolano, no solo porque entendí que estábamos naufragando en el mismo bote, y porque veía un país que se negaba a aceptar mansamente su condena, como el mío. Solo una tragedia de esas dimensiones y el valor conque una sociedad reacciona sin esperar nada de su desgobierno, le dio la bofetada definitiva a mis dudas identitarias.
Que alguien me explique con qué puedo comparar lo que viví esos días de principios del año 2000, ayudando desde donde podía, intentando consolar a desconocidos aterrados que llamaban desde la costa a la estación donde trabajaba, porque solo necesitaban una voz que les dijera que todo iba a estar bien en algún momento del futuro. Hablándoles de Dios -yo, el ateo- porque no era momento de discutir existencias. Llegando a casa a llorar bajo la ducha y recoger lo que encontrara para llevarlo al Canal 8 y luego ver salir mis cajas con la etiqueta Donación de la Primera Dama Marisabel de Chávez. ¿Contra qué puedo medir el olor de una cabeza estallando a dos metros de mí, años después, en la marcha del 11 de abril de 2002?
¿Contra las repugnantes remolachas con mayonesa de Paradiso?
A Cuba la empecé a conocer y amar cuando puse tierra por medio y la libertad me permitió empezar a reconstruirla con sus luces y sus sombras. De Venezuela aún no me he ido.
Si pudiera juntar lo que he salvado del naufragio de ambas en este lugar insólito donde no quiero terminar, quizás podría decir que encontré un país mío. Que tendría el hedor salvaje del Río Almendares, el sabor de las empanadas de cazón de Los Corales y la risa de mis seres queridos vivos y muertos, mis emigrados, mis sobrevivientes, asesinados, suicidas, muertos de SIDA, de Covid, de Alzheimer y de cáncer en esta ya larga vida.
No le llamaría Patria. Eso jamás. Si acaso, sin permiso del papá de Lichy, el poeta Eliseo, le llamaría EL SITIO EN QUE TAN BIEN SE ESTÁ.
Donde, hoy como aquellas veces, sigo estando.
Comentarios
Publicar un comentario