CUANDO ME HICE VENEZOLANO


El sitio donde gustamos las costumbres,

las distracciones y demoras de la suerte,

y el sabor breve por más que sea denso,

difícil de cruzarlo como fragancia de madera,

el nocturno café,

bueno para decir esto es la vida.”


Eliseo Diego (1920-1994)

El sitio en que tan bien se está.






    Nunca me ha atraído La Patria. Ni como concepto ni como chantaje. 

    Es una abstracción de medias verdades y clamorosas mentiras sin otra finalidad que disimular -como las salsas en la cocina francesa- el hedor de las alianzas, las traiciones y los crímenes que conforman cualquier relato nacionalista.  


    Los acepto, los entiendo, los perdono, pero no me pidan que me emocionen.


    Cualquier himno nacional -el más hermoso- si se canta en la ducha, es sólo un hilván de ripios anacrónicos que dan más para la chacota que para el orgullo. Y a menos que las circunstancias le hagan la caridad de una orquesta sinfónica, son perpetrados habitualmente por bandas marciales que equivalen, a la música, lo que la justicia militar a la justicia, Groucho Marx dixit


    La Patria que se me asignó al nacer venía ya tan mutilada, tan reescrita, su presunta épica se parecía tan poco a lo que veía derrumbarse a mi alrededor, que nunca creí en ella. Nací en un país que, como el experimento de la rana, nos iba cocinando poco a poco sin que lo notáramos. 
Mi primera escuela se llamaba Néstor Leonelo Carbonell, militar y periodista, el hombre que invitó a Martí a  hablar en el Liceo Cubano de Tampa. Desde las paredes de mi aula nos miraban el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, el Titán de Bronce Antonio Maceo y el Apóstol José Martí, Santísima Trinidad de Lo Emocionante.

    La recién creada Organización de Pioneros de Cuba nos ponía al cuello una pañoleta azul y blanca con un anillo rojo  y nos hacía cantar una versión modificada del himno de los Boy Scouts


Pionero soy de corazón
Y acamparé con ilusión…


    Para cuando terminé la educación primaria, en solo seis años, esos patriotas habían sido reemplazados por la risa congelada de Camilo Cienfuegos, Lenin, Marx, la pañoleta era roja y de poliéster y los pioneros prometían cada mañana ser como “El Che”. 


    ¿Cómo podía amar algo así de inasible? ¿A cuáles emociones debía yo responder, si cambiaban según la bilis de un tipo cuya única ideología era retener el poder absoluto, vendiendo y contrabandeando las alianzas que le hicieran falta, donde la única religión posible era Él?


    Por otro lado estaba la ciudad. ¿Cuál ciudad? No viví el fulgor seductor de la noche habanera que tantos extrañan, y ese lapso de aparente prosperidad en que mi generación se presentó creativamente en sociedad lo transité con un hueco en la suela de mi único par de zapatos y una etiqueta de No Confiable Políticamente colgando de mi camisa prestada. 


    Lo primero que se necesita para amarrar el corazón a un trozo de tierra habitado, al extremo de estar dispuesto a dar la vida por él, son las ganas de pertenecerle. Que te duela si te quedas o te mueras si te vas. Yo, eso, no lo tenía. Ser cubano era la escala más baja de contrato social.  Los mejores clubes de la playa estaban reservados para los militares y los oficiales del Ministerio del Interior, que tenían escuelas que llamaban especiales para que sus hijos no pasaran por los humillantes 45 días en el campo conviviendo con salvajes, como el resto de nosotros. 
Para bañarnos en una piscina medianamente decente, reservada a “los técnicos extranjeros”, fingíamos ser de cualquier país de Europa del Este, y para que nos dejaran entrar al lobby del Hotel Nacional o usar el autobús que desplazaba a los delegados del Festival de Cine, nos copiamos a la perfección los acentos de Sudamérica. 

     Lo otro era rendirse a la violencia de la marginalidad que nos rodeaba, ser más grosero, más abyecto, más pandillero que el hampa. Solo conozco uno que lo logró, y terminó estrangulado en el Combinado del Este.

    Donde hubiera una embajada o la casa de “un pincho”, guardias armados nos obligaban a cruzar a la acera de enfrente porque al parecer molestábamos la siesta del Comandante Piñeiro. En la radio impartían cursos de ruso y en la televisión nacional Beatriz Márquez le cantaba a un tal Valódia que murió “em defesa do povo angolano”. Y qué podía importarnos ese guerrillero entrenado por Ahmed Ben Bela en Argelia, si los muchachitos nuestros que mandaron a unas guerras que nunca les explicaron, regresaban a casa por la puerta trasera, metidos en bolsas, mutilados de cuerpo y alma, o directamente al sidatorio de Los Cocos. Muertos en muerte o en vida, mientras sus jefes traficaban diamantes y maderas preciosas como los cerdos que siempre han sido. 


    ¿Qué dejaría atrás si lograba huir? ¿A Silvio Rodríguez, que era más amable con el público que lo aplaudía en Europa y Latinoamérica que con su propia gente? ¿Al verso de Virgilio Piñera “la terrible circunstancia del agua por todas partes”, comodín de quienes disfrazan de determinismo el pavor que les da enfrentarse al mundo real? ¿A Pablo Milanés proclamando que jamás podría tocar tierra firme para luego mudarse a España sin ninguna inhibición? 

    No nací para inmolarme por otro fouetté de Alicia Alonso, otro jonrón de Agustín Marquetti o algún presunto nuevo hallazgo del Dr. Álvarez Cambra. Me iría con lo puesto, con los afectos que sobrevivieran a la distancia, el salitre seco de la Playita de 16, el policía que me lanzó contra la barrera oxidada del Puente de Hierro para registrarme porque sí, la noche en que entendí que, si no escapaba, me suicidaría. Y lo único que realmente me llevaré a la tumba: el hedor del río Almendares.  Hay más aguas de ese albañal en mi ADN que Capítulo VII de Paradiso de Lezama Lima. En ellas me caí gozosamente más de una vez, con ellas echamos peleas de remos entre botes los domingos. Nada de lo que describe Lezama en su manoseado almuerzo me remite a algo entrañable. Los langostinos no me gustan, la remolacha me sabe a tierra. 

      Y en serio: ¿mayonesa, Lezama?

    Todo lo que comí en mi vida cubana fue gastronomía de supervivencia con más o menos destrezas culnarias. Cuba es posiblemente el único país con una cocina que se asienta en la nostalgia, incluso de lo que nunca se probó. 


    Venezuela, en cambio, empezó a bordarme recuerdos desde la primera vez que me invitaron “a hacer las hallacas” en diciembre, rodeado de una familia ruidosa, vasta e igualada que no me conocía, pero que me recibió con una Polarcita que sudaba hielo y un puesto piadoso en la cadena de producción: el de coronar el relleno con una aceituna antes del doblado y atado final. Algo donde podía participar sin poner en peligro la cosecha del año. 


    Los venezolanos me enseñaron a entrar donde me diera la gana, a hacer mía la ciudad y el país entero. A tomar cerveza en miradores que nunca más supe ubicar. A bailar toda la noche en el Ice Palace y amanecer en La Guaira sin recordar cómo, esperando a que abriera El Rey del Pescado Frito para desayunar cruzado. A enamorarme, desenamorarme, sacarme clavos y meter otros; a esperar el año El Ávila o en el penthouse de Elsa y Leo y probar las primeras lentejas del año el día de mi cumpleaños. 

Y a mearle la pistola a El Poder.   

    Nada de eso me hizo menos habanero ni sentó mi corazón en esa nueva ribera. Al contrario: el infierno del que había escapado volvió a desplegarse ante mis ojos con una furia que desconocía. Cuando cobré conciencia de mi nacionalidad, el Comandante Aquel había logrado aterrorizar a los cubanos tanto y por todo, que podía susurrar y aún así nos ponía a temblar. Su discípulo, el militroncho barinés recién llegado, necesitaba imponerse, zarandearnos hasta la rendición,  y reinar sobre nuestros escombros. 

    Yo no perdonaba a los venezolanos lo que me habían hecho por vanidad, por resentimiento. Le habían abierto las piernas de su país a mis verdugos y encima me acusaban de aguafiestas en esa orgía de populismo y masificación del saqueo por ser el único que no creía en el axioma “Venezuela no es Cuba”. 


    Yo sólo quería un pasaporte para continuar mi viaje hacia otra posibilidad. Pero el dictadorzuelo había congelado todas las nacionalizaciones mientras le redactaban una nueva Constitución a la medida. Solo cuando necesitó aprobarla sin dudas comenzó un operativo masivo y febril de cedulación. A la manera cuartelaria de Boladechurre. Sin ceremonias, discursos patriótico ni mística. Me cedularon en el estacionamiento del Poliedro y lo hizo una analfabeta funcional que a cada palabra que escribía le pasaba el corrector. Me dieron una cédula que era una parodia de documento y comenzaba por 24 millones, número que me impediría por siempre tener un pasaporte. 


    Y entonces empezó a llover. Demencialmente a llover. Al felón sólo le importaba que aprobaran su Constitución. Activó a la tropa para que llevaran gente a votar, por más que las pocas voces sensatas en su coro de adulantes le rogaban que comenzara a evacuar. La montaña se vino abajo por el lado de la costa, arrasando urbanizaciones enteras, ranchos, condominios: redibujando la silueta de la costa de Vargas. 

 
Entonces me hice venezolano. 


    Solo una tragedia puede darles la bofetada definitiva a tus dudas identitarias. Estábamos todos en el mismo bote y me dolía más porque venía de un lugar cicatrizado, de un queloide de país, pero aquí estaba viendo esas heridas abrirse y nada que hiciera sería suficiente. 


    Que alguien me diga con qué puedo comparar lo que viví esos días de principios del año 2000, intentando consolar a desconocidos aterrados que llamaban desde la costa a la estación donde trabajaba, porque solo necesitaban una voz que les dijera que todo iba a estar bien en algún momento del futuro. Hablándoles de Dios -yo, el ateo- porque no era momento de discutir existencias.  Llegando a casa a llorar bajo la ducha y recoger lo que encontrara para llevarlo al Canal 8 y luego ver salir mis cajas con la etiqueta Donación de la Primera Dama Marisabel de Chávez. ¿Contra qué puedo medir el olor de una cabeza estallando a dos metros de mí en la marcha del 11 de abril de 2002? ¿Contra las repugnantes remolachas con mayonesa de Paradiso?


    A Cuba la empecé a conocer y amar cuando no me detuve a mirar las ramas muertas del rosal y la libertad me permitió intentar reconstruirla con sus luces y sus sombras. De Venezuela aún no me he ido. 

    Si pudiera juntar lo que he salvado del naufragio de ambas, quizás alguna vez podría decir que encontré un país. Que tendría el hedor salvaje del Río Almendares, el sabor de las empanadas de cazón de Los Corales y la risa de mis amigos vivos, emigrados, sobrevivientes, asesinados, suicidas, muertos de SIDA, de Covid y de cáncer en esta ya larga vida. 

    Pero no le llamaría Patria. Eso jamás. Si acaso, sin permiso del papá de Lichy le llamaría EL SITIO EN QUE TAN BIEN SE ESTÁ. 

Donde siempre seguiré estando.


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